Irene Zoe Alameda

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Anoche volví a soñar contigo.

En el sueño, no me habías invitado al cumpleaños de tu hija, pero yo acudía y no le entregaba ningún regalo.

Había muchos invitados. Tú te dedicabas sólo a ella, y ella se dedicaba a ti: te hablaba, te sonreía, te instaba a cenar, te interrogaba con gracia acerca de temas intrascendentes que, sin embargo, de una forma indirecta, me apuntaban.

Yo te buscaba a la vuelta de tu perfil y tú no parecías detectar mi intento por encontrar tu cara, tu cabeza se orientaba hacia los ojos verdes de la niña del cumpleaños. Estabais sentados en una mesa aparte ella y tú, aunque os acompañaban, como testigos, tus amigos.

Adiviné un cambio de luz. Había caído la noche.

Y yo me levantaba y anunciaba en tono discreto, dirigido en secreto a tus oídos, que ya me marchaba – esperando que tú me acompañaras a la puerta, o que me hicieras una señal de espera, o de reconocimiento, o de posterior encuentro.

Tú no me mirabas.

Yo me despedía cuando tu hija despertó de tus encantos, giró su rostro enmarcado por su melena oscura, y se fijó en mí.

Salí a la calle, y cogí un taxi.

Todas las farolas se iban apagando tras nuestro avance, y refulgían los charcos de las aceras y de la carretera.

De pronto, el taxista reaccionó a algún signo externo y se desvió de la ruta. El escalofrío de ambos fue tan fuerte que casi fue compartido. Traté de preguntarle por qué hacía eso, pero la certeza de nuestro miedo me retuvo la voz.

Comprendí que un vehículo, negro y largo, nos estaba acechando. Y yo liberé con la mano izquierda el seguro de la puerta para escapar a pie, pero a la izquierda, fuera, quedaba un precipicio.

El coche alargado nos acosó a menor distancia, pero por fin mi voz fluyó y pude murmurarle al taxista:

“¿Qué debo hacer?”

Y él, frenético, accionó la palanca de cambios, y sus pies patalearon sobre los pedales al acelerar.

En una maniobra acertada se deslizó por un hueco entre una valla y unos postes de madera, y a unos pocos metros, sobre el páramo de una gasolinera, frenó.

Me hizo bajar de su taxi, me instó a que me ocultara, y desapareció.

Yo me quedé como una línea escueta, sobre la plataforma de repostaje de la única edificación iluminada de aquella ciudad sin casas. A la luz de un neón verde.

Traté de vislumbrar una alternativa para recuperar mi rumbo. Nada parecía esconder vida. No había esquinas y las sombras me rodeaban. Reconocí la fricción de las ruedas del coche negro sobre el asfalto, que se acercaba.

Eché a correr en una lucha animal por la huida hacia el interior de la gasolinera, pero carecía ya de tiempo y me paré.

Y cuando me giré y volví a ver su cara, el último destello del neón también se apagó.

Después de jubilarse, a mi padre le cambió el carácter, o tal vez solamente le afloraron rasgos que no le había conocido hasta entonces.

Se volvió “muy de aprovechar”. Por ejemplo, cuando íbamos paseando por el centro de la ciudad, si veía que se quedaba libre un buen hueco de aparcamiento se quedaba quieto, contemplando la plaza con aire melancólico, y se lamentaba:

“Lástima no tener un coche para poder aparcarlo aquí.”

Una vez le acompañé a la compra y le vi pararse a hacer cola en una tienda de especialidades italianas. Miraba fijamente a una oferta extravagante para un hombre de sus gustos, y tan parco y monótono como él:

“Pero”, le dije, “¿Vas a comprar mascarpone?”

“Es que está muy barato”, me contestó.

“Pero Papá… si no te gusta el queso.”

 

(Este falso reportaje, o road trip, fue publicado en el número 10 de la revista Granta, titulado "Cosa de hombres", en septiembre de 2009. La muerte de Hugo Chávez vuelve a ponerlo de actualidad)


Un hombre tuerto, un disfraz y un columpio. El hombre tuerto era mi abuelo; el disfraz, de india; el columpio, el que me causó la brecha que aún disimulo en mi barbilla. Pasé mi primer año de vida en Caracas, con mi abuelo. La foto que describo se tomó el 23 de agosto de 1975, el día de mi cumpleaños. Llevo puesto un traje de indígena por ese uso paródico tan común en los adultos: me vistieron de india por ser rubia. Me han contado que, justo después de tomarse la foto, me impacienté por bajarme del columpio y salté a tierra. También me han contado que no dejé de pellizcar la piel oscura de la médico mientras ésta me cosía la barbilla. De vuelta a Madrid, fui una niña soberbia: mis brazos exhibían cicatrices de vacunas impensables en España. La costura en mi barbilla era un triunfo: la había causado un desliz de mi abuelo –un poderoso empresario, un prófugo del desamor y, sobre todo, un pirata tuerto. Vuelvo a contemplar la foto: la barbilla aún intacta, el antifaz y el vacío. Siempre he reivindicado en mí un grado de distinción que no suelo admitir en otros. He de reconocer que esta singularidad tan impúdica la empecé a forjar en Venezuela. (Texto publicado en el Papel Literario del Diario El Nacional de Venezuela el 4 de julio de 2009, página 11) _________________   Para la vuelta de Venezuela, la escritora se había propuesto entregar su reportaje, largamente pospuesto, sobre Senegal. El año anterior había realizado un viaje por el país africano, y durante 21 días de exploración recorrió el país a lo largo de la carretera trasversal que une el interior con la costa, al tiempo que había ido anotando detalles, itinerarios y reflexiones con disciplina documental. La inversión de tanta pulcritud no fue retribuida por el  valioso impacto irreflexivo que suele dotar de sentido a los buenos viajes. Como todos los escritores, ella sabía que los verdaderos textos se gestan en el falso caos orquestado por la imaginación. En el embarque del vuelo de Atlanta con destino a Caracas pensaba la escritora en ponerse a escribir sobre su ya lejano viaje a Senegal. Para alentarse, pensaba en el ballenero Melville, en el soldado Cervantes, en el marino Conrad, en el traficante Rimbaud; pensaba en la difícil negociación que se da en la personalidad de una escritora antes de que el mundo la reconozca como escritora; pensaba en que Coetzee había llamado en Elizabeth Costello “lo Invisible” al autor que reclama su espacio omnímodo en la vida del artista; al personaje colonizado por lo Invisible (la materia humana que lo sostiene) lo denominó “Secretaria/-o de lo Invisible”; pensaba en que Millás, mucho más apasionado y menos teórico en los espacios dedicados a las simbolizaciones, había denominado “yo neurótico y sufriente”[1] al autor que pugna por existir y emanciparse, y “asesino” a la persona normal, cuya máscara esconde al escritor. Pronto se percató de que su compañero de fila en el avión intentaba que su mirada se cruzase con la de ella. Pero la escritora se afanaba en producir una idea sobre la que extender una inteligente red de asociaciones. “El yo Invisible procesa la misma realidad que las personas más realistas, pero la contrasta con una retícula imaginal en un ejercicio de traducción directa e inversa permanente que tiene forma de diálogo. La imaginación, como la describió Bakhtin, es dialógica, y quienes escribimos sabemos lo costoso, desde un punto de vista psíquico, que es descubrir primero, asumir después y finalmente renegociar los términos en los que ese diálogo se va a instaurar de forma definitiva en nuestro carácter y en nuestra vida. Volviendo a Coetzee o a Millás, la consagración de la escritora tiene lugar cuando la asesina deja de reprimir a la Yo Neurótica Invisible para convertirse en su humilde Secretaria: cuando La Imaginación ha domesticado a la Realidad.” Su compañero de fila terminó por iniciar su anhelada cháchara, y lo hizo preguntando a la escritora acerca de su nacionalidad y los motivos de su viaje a Venezuela. El trabajo conversacional de la escritora acabó pronto porque él, impaciente, dijo:  

"Mi vida sí que es para escribir un libro. ¿La quieres escuchar"

  Y ella, cortés y desinteresada, asintió. Y escuchándole se enteró de que aquel hombre se llamaba Rafael Ramírez y estrenaba su primer día de libertad después de haber cumplido 2 años de sentencia, condenado por un delito de Blanqueo de Dinero. Rafael le habló durante un par de horas de las timbas de póquer que había jugado en prisión de McRae apostando Tuna Fish; del juez Middlebrooks, de los agentes federales que les ofrecían a los detenidos cambiar meses de cárcel por personas; de los condenados a “vida”, cadena perpetua, y de cómo se podían acumular “vidas” como latas de Tuna (en McRae hay gente con 7 vidas). Le contó cómo lloró cuando se enteró de que le iban a liberar, porque había pasado dos años en gran medida gozosos: sin trabajar, sin atender a su esposa ni a sus hijos, sin dinero y con Tuna Fish en el armario, con televisión y cine, y libros, y póquer y amigos. En dos momentos distintos le dijo dos frases memorables. La primera es la frase que pronuncian los asistentes del juzgado cuando se va a iniciar un juicio:  

“Los Estados Unidos de América contra Rafael Ramírez”

  La segunda bien valdría para dar título al capítulo de un libro:  

"Tú sí te pareces a Dios"

 

que fue lo que exclamó Rafael al conocer a su abogado, tres días después de su detención. Cuando el ex-convicto se cansó de contar, la escritora se fijó en las personas que los rodeaban, y con poquísima perspicacia se enteró de que el deportado y ella compartían fila con Sergio Chejfec y con Miguel Gomes, los dos autores con quienes al día siguiente compartiría mesa redonda en la Bienal Literaria de Mérida, Venezuela. Pero la suerte de escuchar la historia de Rafael la tuvo sólo ella:  

The only reality highlights when you are out of place

 

  Fue lo que pensó, y en la inminencia de su aterrizaje en Caracas admitió ante sí que no iba a poder escribir su reportaje sobre Senegal. Al contrario que hizo en Senegal, la escritora se entregó a su viaje por Venezuela con una desidia creciente. No le gustó que le hicieran rellenar, con un grasiento bolígrafo, un formulario en el que juraba por su honor no estar infectada de Gripe A, ni tampoco que le hicieran prometer que durante su estancia en el país iba a cubrirse la boca para toser y a lavarse las manos con jabón, durante al menos 20 segundos, con frecuencia. (En ninguna de sus visitas a los aseos públicos en los 11 días que duraría su viaje por Venezuela encontró la escritora jabón para lavarse las manos. Tampoco papel higiénico.) Tampoco le gustó que un oficial aeroportuario comprobara que la maleta que sacaba de la cinta de equipajes era efectivamente suya, ni que la abordaran docenas de carteristas y librecambistas al salir a la sala de llegadas. Le pareció enormemente descortés que el señor que les esperaba, a ella, a Gomes y a Chejfec, les soltara un puñado de bolívares y les abandonara a toda prisa frente a una Posada para que descansaran durante las 5 horas que les sobraban hasta su próximo embarque. No descansó en la posada, entre otras cosas porque estaba construida a pie de pista. Durante toda la noche despegaron y aterrizaron aviones que le hicieron revivir una pesadilla subconsciente que había heredado del 9/11 del 2001, cuando vivía en Nueva York. Cuando por fin llegó a mediodía a su destino en Mérida se disgustó más. El saludo personalizado que le dedicó su admirado Vila-Matas se revelaría falso tres días después, pues ni él la reconocía, ni la había leído, ni sabía que ella había contribuido con un excelente artículo al monográfico sobre su obra editado por Arco-Libros, bajo los auspicios de la Universidad de Neuchâtel. En la recepción del hotel dieron por supuesto que ella, por ser hembra, era la esposa de uno de los escritores que estaban registrando su llegada, y le dieron una segunda llave para acceder a la habitación de Chejfec. Eso la soliviantó. Se encaró tan mal al recepcionista que éste la castigó destinándola a la última de las habitaciones del último de los corredores, colindante con las obras de una retroexcavadora que, desde ese punto hasta su huída de Mérida, no dejó de enviarle insectos y ruidos. Mientras deshacía su equipaje para sacar un pijama y echarse un rato a descansar, un representante de la Bienal la informó por teléfono de que era la hora del almuerzo y luego, como distraídamente, se despidió:  

"Hasta las 2, pues"

"A las 2... ¿por?"

"Porque a las 2 es su mesa redonda. ¡Ay! ¿No se lo han informado? ¡Qué mala pata! Su mesa redonda se ha tenido que adelantar de las 6 a las 2 por motivos de organización."

  La escritora registró mentalmente que, entre  las formas de cortesía del país figuraban ciertos trucos de manipulación falsamente educados. Como no había dormido la noche anterior en la posada de la pista del aeropuerto de Maiquetia, ni tuvo tiempo para una siesta previa a su comparecencia, se durmió frente al público en el coloquio posterior a su intervención en la Bienal. Esa noche las hormigas y las arañas que habitaban cómodamente en su cuarto de baño, le chuparon la sangre y le mordieron todo el cuerpo. La escritora amaneció muy maltratada, y como no tenía esponja y se sentía tan pegajosa, decidió exfoliar en alguna medida su piel y para ello recortó la toalla de manos, rota y raída, del hotel. En su segundo día en la Bienal la escritora se dispuso a participar activamente, pero el cansancio la obligó a comparecer con un perfil intelectual más bajo que el que en circunstancias normales le habría correspondido. Mostró su determinación de salir a conocer la ciudad, pero tanto los miembros de la organización como los trabajadores del hotel y los dos taxistas a los que rogó que la sacaran de paseo, la disuadieron de la idea: en Mérida morían decenas de personas a balazos cada semana. Dejar a la escritora salir de paseo era como aquiescer con un suicidio, de modo que quedó recluida en el interior del hotel. Ese día le hicieron una entrevista y la fotografiaron. Estaba cansada, aburrida y taciturna, y no salió ni muy lista ni muy guapa. Insomne en su segunda noche, la escritora exigió, sin éxito, a las 3 de la madrugada un traslado a una habitación sin insectos y a ser posible lejos de la retroexcavadora. En el tercero de sus días la escritora ejerció como poeta junto a Willy Mackey, José Tomás Angola, Manuel Vilas, Jaime Rodríguez y Jorge Carrión en un recital en Mogambo, el supuesto mejor restaurante de la ciudad. Durante su lectura, la escritora causó un grave problema a alguien del público, con tan mala suerte que la persona a la que su poema causó consternación era la misma persona a quien dicho poema había buscado impresionar. Entre los asistentes a la Bienal había una editora, y la escritora había pensado que, tal vez, si a dicha editora le gustaban sus versos, ésta podría terminar editando su poemario Antrópolis. El poema que causó el malestar en la editora era muy largo, una letanía titulada Debree. Y los versos que levantaron la ira de la editora fueron:  

Los seis mil coitos que llevo sobre mis ingles,

con sus cardenales y sus marcas.[2]

  A la escritora le contaron que, según la señora oyó los versos (era el tercero de los  poemas que llevaba recitados), se levantó de la mesa del convite, y al grito de:  

“¡Camarero, póngame una copa!”

 

se arrinconó en la barra con mohines de masticar mal humor y desaliento. Por si a la escritora aquella grosería no le había quedado clara, cuando a continuación salió a recitar un poeta publicado por la editora, ésta exhaló con extemporaneidad:  

“¡Esto SÍ es poesíaaaa!”

  Y siguió bebiendo y mirando a la escritora de reojo desde la barra. Esa noche, tal vez a consecuencia del ataque que había sufrido en Mogambo, la escritora durmió mal. Tenía jet lag y las chicharras no paraban de graznar como gallinas. A eso de las 4 de la madrugada se dio cuenta de que una de sus pantorrillas sangraba por varias de las picaduras, y el susto la hizo despertar del duermevela profundo en el que el agotamiento suele sumir a las personas. Entonces recordó que cuando preparaba la selección de poemas para el recital de la velada previa, tres hormigas habían asomado, alarmadas por el tableteo, del teclado de su ordenador. Acordarse de los poemas y del recital aumentó su tristeza. Su habitación del hotel La Pedregosa estaba infestada. Se levantó decidida, se personó en recepción, plantó con flexibilidad de bailarina su pierna, picoteada y sangrante en el mostrador, y exigió por segunda noche consecutiva el traslado a una habitación sin bichos. Esa vez sí la trasladaron y además le prometieron que fumigarían su habitación al día siguiente. A lo largo de la tercera jornada escuchó al poeta editado por la editora alabar en un novelista su editorial el hecho de que su obra fuera  

“muy del siglo XXI. Su escritura me recuerda a la de Borges y Kafka.”

  ???????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????? (¿No son Borges y Kafka muy del siglo XX?) (La editora aplaudió mucho aquella desafortunada intervención del favorito de sus autores.) Como a las 6 de la mañana ya estaba despierta y le sobraban bastante horas, la escritora solicitó un conductor a la organización de la Bienal, e hizo varias excursiones. De camino a Jají (un falso pueblo diseñado por un arquitecto italiano en 1960 para que se pareciera a una aldea andina) la pararon en un lugar que le pareció un vertedero de basuras. Sin embargo, le explicaron que era un mirador con excelentes vistas a la ciudad de Mérida, y le señalaron el aeropuerto fantasma de la ciudad –clausurado por incumplimiento de la normativa de seguridad aeronáutica- y el estadio del Campeonato Latinoamericano de Fútbol. En la sinuosa y ascendente carretera que conducía a Jají se topó con la antigua Chorrera de las González, en la actualidad un rincón desolado que había sido una cascada natural barrida por un desprendimiento de piedras. Y vio a varios hombres borrachos, que paseaban su inestabilidad descalza por las curvas de la carretera. Tan borrachos que no se tenían en pie, algunos incluso habían perdido su ropa (incluidos sus calzoncillos). El conductor le explicó que tanta ebriedad era normal en Venezuela, sobre todo los fines de semana. Aprovechando una parada en que su guía tuvo que descender del vehículo para echar a un lado a un borracho que dormía en medio de la carretera, la escritora tomó una foto a la voluptuosa naturaleza de la Sierra de Mérida. Pararon 20 minutos en Jají. En efecto, era un pueblo arquetípico, con la estatua de Bolívar en el centro de la plaza. Lo verdaderamente interesante de Jají eran la peculiar dentadura de los gatos callejeros y un viejo señor alemán, al que encontró, plácido y expandido, sentado sobre los escalones de la iglesia. Al alemán le preguntó la escritora por los gatos. Éstos contaban con dos incisivos centrales en la mandíbula superior. Él se limitó a sonreír con cierto aire de ensoberbecimiento. Luego masculló que Venezuela era un país de  

“Schseisse”

pero que gracias a las nuevas tecnologías se las arreglaba para comprar por internet tantos bienes como le eran necesarios para disfrutar del universo material, al que estaba muy apegado. También visitó el Páramo, donde pasó frío y creyó ver un cóndor. Y de regreso a la urbe la llevaron al Mercado Central,  

"Orgullo de Mérida"

  ???????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????????? Llegó a tiempo de asistir a media tarde a una interpretación pseudoteatral y reducida de 2666. Pero la euforia tras aquel simpático espectáculo fue anulada a continuación por el sabor a Tetrametrina (el componente insectida del Baigón) que emanaba de su cepillo de dientes. Escupió, escupió, escupió, y una vez hubo escupido y rascado a escupitajos toda la sustancia líquida que le quedaba en el tubo digestivo, investigó la situación y dedujo que la señora de la limpieza había fumigado las repisas del cuarto de baño, pero no el suelo, aún poblado de hormigas hiperatareadas– ninguna muerta. De ahí hasta su huída de la ciudad, las arañas la siguieron picando, y las hormigas mordiendo. Con los dientes sucios y la boca abrasada, la escritora fue trasladada a la ceremonia de concesión del Doctorado Honoris Causa a Enrique Vila-Matas, que comenzó de forma puntual según el canon venezolano de + 2 horas sobre el momento anunciado. El placer espectatorial de la situación y el enclave desapareció en cuanto el autor hizo gala de su habitual carencia: Enrique Vila-Matas es un escritor que no sabe terminar los cuentos. Cayó como de costumbre en su error de inmadurez narrativa, que consiste en la confusión autor-narrador, y que a menudo le lleva al autor a confundirse con el personaje que describe, y a intentar persuadir a su público de que él como sujeto biográfico, encarna las mejores cualidades de un adorable antihéroe. En su historia, Vila-Matas, además, incurrió en un error de ordenación lógica elemental, y contradijo varios de sus puntos de partida. El texto, además, acabó embarrándose en un lodo teórico muy propio de un escritor acomplejado por un injustificado sentimiento de superioridad intelectual, y a causa de esto perdió definitivamente su inicial y prometedora frescura. La depresión en que quedaron sumidos los escritores más jóvenes después de la intervención de Vila-Matas halló su compensación en el vino venezolano de  

Schseisse

  que bebieron durante la cena en el otro restaurante visitable de Mérida, La Abadía. (Este restaurante estaba a 180 metros del Paraninfo de la Universidad de Los Andes, pero la ciudad es supuestamente tan peligrosa que hasta el restaurante había que ir en taxi.) Al día siguiente, por fin, la escritora se fue de la ciudad. Antes de salir, realizó el checkout del hotel y el recepcionista que la confundió con una consorte de escritor y le negó una habitación sin insectos la segunda noche, sacó de un cajón los restos de la toalla de manos que la escritora había recortado, y tirado a la basura de su cuarto de baño. Por aquellos restos le cobraron 30€. El recepcionista, por añadidura, tosió mucho contra la cara de la escritora durante el tedioso intercambio de reproches y pago. La camioneta que la trasladó al aeropuerto llegó a El Vigía a la hora misma en que debía salir su vuelo, de modo que todo fue bien y 2 horas más tarde embarcó rumbo a Caracas en un avión pilotado por un prejubilado suicida. La escritora, que posee un carnet de piloto privado, constató todas y cada una de las infracciones que el piloto de Santa Bárbara Airlines cometió a lo largo del vuelo, especialmente en su entrada al circuito de tráfico de Maiquetia y en el aterrizaje desaforado. En el aeropuerto debía trasbordar hacia Porlamar (Isla Margarita), y aunque su vuelo desde Mérida llegó 1 hora después de la hora en que habría despegado su avión de Ravsa hacia la isla, se cumplieron sin prisas los horarios venezolanos, y de madrugada la escritora hizo su entrada en uno de los resorts más caros del Caribe. Esa noche le costó conciliar el sueño porque el recepcionista la recibió en el hotel al grito de:  

“¡¿eZpañola, eh?!!

  Y tuvo que invertir algunas horas en calmar su irritación. Luego se durmió, y dormida se rascó mucho las piernas. Los sucesivos días en la Isla estuvieron bien. Tan pronto como había salido de la protección de la Bienal de Literatura, la escritora había empezado a comprobar cuáles eran los efectos económicos del Chavismo. Antes de cada embarque era obligatorio pagar un suplemento de tasas aeroportuarias. Carísimas. Para el pago no se admitía tarjeta, y se vio obligada a cambiar los 100$ que traía consigo de Norteamérica. El cambio que ofrecían las casas de divisas era de 2 bolívares por dólar; el cambio que ofrecía, solícito y tramposete, cualquier viandante era de 6 bolívares por dólar; y los cambistas profesionales del aeropuerto llegaban a ofrecer hasta 8 bolívares después de un breve regateo. En cualquier caso, el dinero que consiguió se acabó pronto y en cuanto llegó al aeropuerto de Porlamar tuvo que sacar dinero de un cajero, a precio de usura chavista. La extracción bancaria requería su aprendizaje a lo largo de un proceso de prueba y error muy similar al entrenamiento de un videojuego. Las máquinas permitían una dubitación de 1,3 segundos antes de teclear las respuestas inquiridas. Reiteradamente la rendija arrojaba su tarjeta y anulaba la transacción. Las preguntas eran del tipo:  

Dígitos 4 y 6 de su Tarjeta Identificativa

  Al cabo de unos 10 minutos de entrenamiento, la escritora obtuvo su dinero. Al cambio oficial, el resto del viaje le salió a precio nórdico, como si hubiese pasado unos días en Estocolmo, y no en poblachos del Caribe venezolano. Desde su resort de lujo, la escritora se acercó andando a lo largo de la costa a los hoteles cercanos, y durante los paseos siguieron picándole los mosquitos. La discoteca de la playa no dejaba de sonar hasta muy entrada la madrugada, y los tapones de oídos que usaba todas las noches le agrandaron en demasía los orificios de las orejas, con la consecuencia de que, durante un par de días, oyó más de lo normal. Al final de la segunda jornada en Isla Margarita una sospechosa fiebre gripal la acosaba de tal manera que tuvo que vencer su odio hacia el recepcionista xenófobo para pedir una aspirina. Ella tosía, y replicó con una sonora y húmeda  

¡¡¡TOS!!!

  directa a los ojos de aquel hombre cuando éste le dijo:  

“¿La eZpañola quiere una aZpirina?”

  El paraZetamol le aplacó la fiebre. Esa noche la escritora tosió mucho y se rascó mucho las piernas. Aprovechó los días de asueto para conocer en profundidad Isla Margarita. Alquiló un carro que manejó ella misma, y lo hizo pagando por 2 días más de lo que pagó un año antes por una semana de coche cuando recorrió Suecia. Se cuidó de preguntar a nadie por la seguridad general y vial, para evitar que la disuadieran de llevar a la práctica sus excursiones. Lo primero que hizo fue ir al Centro Comercial Sambil, el lugar más recomendado por todas las guías turísticas. Pero Sambil, en el Pampatar, era un mall de  

Schseisse

  y el aire acondicionado le agravó la fiebre. Se percató de que los cánones de belleza venezolanos eran algo desmesurados en lo que se refería a las hembras (La escritora tomó una foto a los inconmensurables pechos de una maniquí). Conoció Santa Ana, La Asunción y el Valle del Espíritu Santo, y tomó algunas fotos que merecieron la pena. En el interior de la Basílica se encontró a una mujer recién parida, con la vía intravenosa y el pijama todavía puestos, que en su delirio fervoroso se había escapado del hospital para presentar a su hijo a la Virgen del Valle. La Basílica es una construcción deslumbrante y está rodeada de  

Schseisse

  En los puestos de alrededor la escritora compró un jugo y con él ingirió un parásito intestinal que le absorbió un buen porcentaje de los alimentos durante varias semanas. La existencia de un problema político en Venezuela se manifestaba de forma nítida masiva aunque discreta: la voz de Chávez o de sus acólitos era retransmitida por todas las emisoras de radio, y el mensaje de que Globovisión, la televisión no chavista  

no informa, enferma

le quedó claro, porque lo leyó en las paredes de muchos edificios, grandes y pequeños, en todas y cada una de las poblaciones por las que pasó. Para el segundo día de excursiones, el tercero en la isla, dejó la visita a Juangriego, ciudad portuaria con un histórico fortín de  

Schseisse

  y la visita a la mini-península de Macanao. Recorrió en una barcaza la Laguna del Parque Nacional de la Restinga en un paseo desmesuradamente caro, soso y feo. El conductor de la barca no asimilaba el acento español de la escritora a su propia lengua, y la habló por señas. Luego fue a Punta Arenas con la firme intención de contemplar el atardecer pero se encontró con que la mejor playa de la Isla era una  

MEGASchseisse

 

(La escritora no hizo fotos en Punta Arenas)

 

y continuó camino hasta Boca de Pozo, donde no vio el atardecer porque de pronto se nubló el día. La escritora había tratado de aguantar la fiebre y el resto de los síntomas gripales durante su estancia en Isla Margarita. Había hecho como si no existieran, y finalmente se rindió a la evidencia de que sufría tal congestión que no tenía sentido del gusto. Perdió el apetito y en el vuelo (5 horas retrasado) de vuelta a Caracas se sintió desfallecer. El precio descomunal del taxi que la sacaría del aeropuerto de Caracas la obligó a sacar más dinero de un cajero (y tuvo que reentrenarse para lograrlo), y eso estimuló tanto su producción de mala bilis que cogió su teléfono móvil y simuló una llamada telefónica a una supuesta amiga, conversación cuya réplica propia grabó en su teléfono. Con su supuesta amiga reflexionó acerca de las consecuencias de la política monetaria del gobierno venezolano. Compartió con ella su teoría de que Chávez había puesto en práctica con escrupulosidad y mimo un manual sobre cómo corromper la economía de un país. El hecho de fijar un cambio exterior de la moneda que no reflejase el valor real y la prohibición a los venezolanos de comprar divisas para evitar la salida de capitales, había obligado a los propietarios de las grandes fortunas a hacer en primera instancia  

Money Laundering

  (que era el delito por el que había cumplido dos años de cárcel Rafael Ramírez, el hombre con el que había compartido el vuelo desde Atlanta), y más adelante a emigrar a países vecinos, especialmente a Colombia. Los capitalistas habían escapado del país, dejando la capacidad para las grandes inversiones en las manos únicas del Estado. El desfase entre el valor real del bolívar y su equivalencia ficticia había causado otros efectos: había hundido el poder adquisitivo de todos los ciudadanos y había anulado el comercio exterior privado. Como además el petróleo era un monopolio del Estado, y éste exportaba los barriles a cambio de dólares, las monedas, venezolana y extranjera, estaban en manos gubernamentales. En Venezuela, donde todos los funcionarios estaban obligados a vestir la camisa roja del Partido Socialista Unido, había una confusión absoluta entre Ideología e Instituciones, entre Partido y Estado. Además había aumentado de manera espeluznante la criminalidad en el país. Sólo durante el anterior fin de semana 54 personas habían sido asesinadas por arma de fuego en Caracas, en su mayoría hombres (también la inmensa mayoría de los 13000 muertos de esa ciudad en el 2008 también habían sido hombres). Ese incremento de la violencia extrema era una consecuencia de la salida de las FARC de la sierra colombiana hacia la sierra vecina. Un informe del Congreso de los EE.UU. había calificado de  

Narcoestado

  a Venezuela. Ahora era Venezuela el máximo exportador de drogas de todo el continente americano. Eso constituía una fuente adicional de dólares en un país necesitado de moneda extranjera para afrontar sin peligro las importaciones, sin las cuales el gobierno populista de Chávez se vería en grave riesgo de revuelta popular. Cuando la escritora hubo terminado de charlar con su amiga, la taxista le comentó que lo que había dicho por teléfono era  

“correcto, parece tener su lógica: los terratenientes se han ido del país”.

  La escritora se dio cuenta de que la taxista vestía una camisa roja tres tallas mayor de lo que le correspondía. Durante aquel trayecto entre el aeropuerto y el hotel de Caracas la escritora se intoxicó con los bencenos de la pésima combustión de los motores que ensuciaban el tráfico. Mientras se rascaba las piernas, preguntó a la taxista si era obligatorio que los carros de cierta antigüedad pasaran una  

“inspección técnica de vehículos que vigilase sobre todo el estado del motor”

  y por respuesta recibió un cortante  

“Sí”.

  Luego   preguntó por la costumbre venezolana de arrancar las matrículas y los cinturones de seguridad a los carros, y la conductora chavista se rió hacia el interior de su garganta de muy mala gana. Al llegar al hotel la escritora no pudo negociar el precio del paseo y pagó la tarifa máxima, al mínimo cambio (unos 90€). Caminó por el único barrio seguro de Caracas, Las Mercedes, en un radio de 200 metros a la redonda; durmió hasta las 5 de la madrugada; y regresó al aeropuerto. Allí se quedó sin plaza en su vuelo a Atlanta, vendida por overbooking. Del vuelo de las 8 fue transferida al de American Airlines a Miami, a las 11. Del de las 11 fue transferida, por overbooking, al siguiente de American a las 15 horas, pero sin garantía de acceso al vuelo, por overbooking de nuevo. Logró embarcar en dicho vuelo gracias a su iniciativa de localizar a un trabajador de la compañía de su billete original, Delta Airlines, en los sótanos del aeropuerto, y de no soltarle hasta que éste hubo pedido por favor al encargado de American que  

“permitiese embarcar a la eZpañola, ji, ji, ji, ji”

  La escritora, o su equipaje, fueron registrados en 4 ocasiones antes de salir rumbo a Norteamérica. Varones de la Guardia Nacional, de la Policía venezolana, de las Autoridades Aeroportuarias y de nuevo de la Guarda Nacional, la escrutaron y rompieron, ya en la bodega del avión, la cerradura de su maleta. También aquel vuelo internacional salió con retraso, con 3 horas de retraso, que fueron las que le hicieron perder el vuelo de conexión a Washington, y tener que dormitar en el suelo del aeropuerto 6 horas hasta, por fin, embarcar hacia su penúltimo destino. Una vez en Washington, pasó por su casa de madrugada, cambió de maletas, y regresó al aeropuerto rumbo a Santander, con escala en Madrid, donde se incorporó a la Reunión anual de Directores del Instituto Cervantes. Tras 3 días sin sueño, con la Gripe A enseñoreada en su cuerpo, las piernas agujereadas de picaduras y una tenia en el instestino, la escritora tuvo que reprimir la tendencia a delirar que había adquirido su cerebro febril. Aguantó en las reuniones 2 días, cubriéndose para toser y lavándose las manos durante 20 segundos con abundante jabón a la mínima oportunidad. Cuando ya el viaje parecía llegar a su fin, y hacía cola junto con los 78 directores del Cervantes para saludar personalmente a los príncipes de Asturias, un encargado de Protocolo le preguntó si se encontraba bien, y de dónde venía:  

"De Venezuela"

  luego le miró la tarjeta identificativa que colgaba de su cuello:  

"Directora del I.C. de Estocolmo"

 

El señor de Protocolo se ausentó por 2 minutos, y cuando la escritora sólo tenía por delante 7 directores para estrechar la mano de los príncipes le gritaron:  

“¡Estocolmo!”

  y la sacaron de la fila, la llevaron al hospital, le diagnosticaron la Gripe A, la cubrieron con una mascarilla y la metieron en un avión de regreso a Madrid. Para cuando se recuperó de la Gripe, la escritora recibió la visita de su abuelo (el pirata) y de sus padres, a quienes mostró el texto que había publicado en el Diario El Nacional, antes de su llegada a Venezuela. Reflexionó en voz alta:  

“Venezuela es atrás. En el tiempo, y en el espacio...”

Y con alivio, acerca de su último viaje, se puso a escribir.  


[1] De corpore insepulto, con el rostro lleno de barba de tres días, sucio como un viudo reciente, la novela perdida entre las sábanas, yo mismo, de corpore insepulto, recibí por la tarde al que me mata. Venía con el cuerpo presente, fatigado de ganarse mi pan. Desde la puerta, ojeando el periódico, me dijo: "Hoy debería asesinarte un poco". (Juan José Millás, en http://poeticamentecorrecto.blogspot.com/2007/06/juan-jos-millsde-corpore-insepulto.html)
[2] Del poema Debree:   La sangre que me ha salpicado: La sangre que me va a salpicar y todavía no me ha salpicado.   La que salpico yo y me salpican – (limpia o no. Metálica y fluida.)   Sin voluntad moral... todos los errores: (... que se verifican a la vista del esfuerzo invertido en simularlos)   El hambre, sea cual sea, de mi vientre. La paz que me reporta asirme al deseo, que es raro y abstracto; la negación   de unas horas privadas de inter-cambio interrumpido; el cuerpo accidental, que vibra y se me aleja.   Todas las enfermedades venéreas que se pueden contraer o contraje. Mis toses de escorbuto y el carraspeo anual de mi garganta.   La historia que se entrega en folletín, y se repite púdicamente. Tampoco enseña.   Su torre y la mía – la tuya, que lees: su torre y la tuya, la mía.   El paralelepípedo trunco. El tsunami de insectos y de presos.   La fobia a despegarme del suelo si es más allá del salto. La náusea y la sed: La sed y la náusea, que van juntas.   La falsedad del posesivo y la verdad irrefutable del indeterminado.   Mi escuela y mis cantos y mi voz reseca y mi padre encallado y mi abuelita muerta: el infarto susodicho.   La invasión de los sucesos colectivos que me implican y me asaltan. El buen menú de luto y la arcada en simetría y paritaria.   La sangre intoxicada de pudor. La herida inconclusa. La herida de todos que no duele                     de nadie.   La niebla imantada sin radares, el cuerpo-brújula al caer en un abismo: la presión barométrica, la caja torácica aplastada   al azar. La sed de aire. La lengua apuntada. La campanilla morada, y luego negra. La pupila que rezuma la hipótesis vegetal. El fuego.   Los saltos exteriores o interiores. El balcón volador. El cuerpo legendario. Halcones de mármol.   El impacto, cómo no.   Debree   Los seis mil coitos que llevo sobre mis ingles, con sus cardenales y sus marcas.   La celebración de mi hermano: decir lo que él diría. Callar cuando él callaba.   La impotencia ante mi madre.   El mercado en el que lloré como Raskolnikov todas las omisiones de mi voluntad: Las miradas de agradecimiento, las canciones de redención.   La voladura incontrolada de la dichosa melancolía: porque mucho se ha perdido, y eso es malo.     Aunque me vaya librando de mí a cada punto y coma;   liberando de mi ansia en cada punto.   Debree

 

En estos momentos de aguda crisis económica el Gobierno busca vías alternativas para la financiación de los organismos e instituciones que vertebran el Estado. Aparte de lo que recauda por imposición fiscal, el Estado percibe beneficios de las empresas públicas, y si bien España tiene en el Español un patrimonio cultural de valor incalculable, nuestro Instituto Cervantes no sólo no está sacando partido del mismo, sino que su actividad constituye un agujero de gasto desorbitado y creciente de dinero público.

No debería ser así porque la situación de preeminencia del Español en el mundo es comparable a la del Inglés, y el nuestro el más antiguo y rico de los países hispanohablantes. Con un reciente Premio Nobel, y hablado ya por 500 millones de personas, el Español es la segunda lengua más hablada y la tercera más usada en Internet. Más de 14 millones de personas estudian nuestro idioma y se estima que dentro de cuarenta años el 10% de la población mundial lo hablará.

Con similares propósitos a los del British Council (BC), en el año 1991 se fundó el Instituto Cervantes; tras casi veinte años de expansión por 42 países, con unos movimientos demográficos que han favorecido enormemente al Español, la institución dista mucho de parecerse a su homóloga inglesa. Frente al millón de exámenes de inglés que administra el British, y el medio millón de estudiantes matriculados en sus centros en el exterior, el Cervantes solamente administra 50.000 Diplomas Oficiales de Español y tiene menos de 130.000 alumnos matriculados en sus cursos presenciales. Si se tiene en cuenta toda la actividad académica del Instituto, apenas el 1,6% de esos 14 millones de personas que estudian Español tiene relación con el Instituto Cervantes.

Por otro lado, el BC es la institución que el Gobierno Británico designa para coordinar las relaciones culturales internacionales del país, mientras que en el caso del Gobierno Español ese cometido está distribuido farragosamente entre las Embajadas, el Instituto Cervantes, la Sociedad Estatal de Acción Cultural y las Consejerías de Educación. Ni que decir tiene que semejante caos competencial entre los Ministerios de Exteriores, Cultura y Educación provoca duplicidades y penosas disputas entre los agentes que nos representan en el exterior. Además, el Cervantes asume como misión la de promocionar los patrimonios culturales de los países hispanoamericanos (bajo ningún concepto se ocupa el British de culturas anglosajonas que no sean la británica), algo que a menudo sus embajadas consideran una intromisión de corte colonialista.

Si ni en lo cuantitativo (alumnos) ni en lo cualitativo (promoción de la Cultura) son comparables el British y el Cervantes, mucho menos lo son en lo presupuestario. El Cervantes depende del dinero asignado cada año en los Presupuestos Generales del Estado (en el 2009 le otorgaron 102,4 millones de euros; en el 2012, 97,2 millones), pero no aporta ningún ingreso neto pues cuanto recibe lo gasta. Por su parte, tal y como se lee en su informe, el BC manejó el año pasado 554 millones de libras, de los cuales tan solo 189 provenían del Gobierno Británico, el 34% del presupuesto total.

¿Sería posible que 1€ invertido por el Estado Español en el Cervantes produjese un retorno de 2,5€, como ocurre con el British? Para ello, la institución debería seguir una filosofía de captación de ingresos privados en el exterior, aunque hoy por hoy la actividad del Cervantes gira en torno al gasto público. El resultado paradójico es que pese a que el Español crece de forma exponencial, los ingresos del Cervantes decrecen. Existe entre la ciudadanía la creencia errada de que el Cervantes “gana mucho dinero”, cuando lo cierto es que lo que gasta supera con creces lo que obtiene.

Los centros en el extranjero están dotados de una estructura híbrida con dos presupuestos, uno Administrativo y otro Comercial. El Presupuesto Administrativo se destina al mantenimiento inmueble y a los salarios del personal fijo, y el Comercial a la actividad “empresarial” del centro; esta actividad consiste en que los Profesores de Español (filólogos en su mayoría) intentan vender cursos y diplomas de Español, y en que los Gestores Culturales gastan los ingresos obtenidos en la promoción de la Cultura española e hispanoamericana.

¿Cuál es la solución por la que los dos últimos directores del Cervantes vienen optando para resolver una gestión que colapsa, cuando su presupuesto sufre los preceptivos recortes? En primer lugar, cerrar centros “fallidos”, como el de la paradisíaca y turística Florianópolis (Brasil), inaugurado de forma costosísima en la segunda mitad de 2008. También optan por subordinar centros a otros más grandes, como el de la lejana, desértica y mexicanizada Albuquerque (EE.UU.) Adicionalmente, paralizan o eufemísticamente “posponen” las obras de acondicionamiento de centros abiertos, como el de la paupérrima Dakar (Senegal).

En segundo lugar, y dado que entre los recursos humanos de los centros no se cuenta con la figura clave de un Director Comercial (con conocimiento del mercado local y con capacidad para adaptar los precios a la demanda concreta de cada país), ya en 2010 Carmen Caffarel decidió reconvertir a los Directores (gente del ámbito de las Humanidades por lo general) en vendedores, y para ello les impuso el seguimiento de un breve curso online sobre Búsqueda de Patrocinios impartido por el hoy procesado Diego Torres, socio de Urdangarín.

En tercer lugar, la iniciativa estrella ha venido siendo el Círculo de Amigos del Instituto Cervantes, que pretende convertir a nuestras grandes empresas en benefactoras del Instituto, patrocinadoras de la “marca España” (sic). A juzgar por su página web, vacía de contenidos y prácticamente intacta desde su ya lejano lanzamiento, la suerte no le ha acompañado en su propósito de captación de ingresos.

¿Es de extrañar la escasa capacidad de convocatoria del Cervantes? Sin un buen posicionamiento como actor internacional es imposible que el Cervantes pueda generar sinergias de alto nivel con el entorno empresarial. Al tiempo que empresas como BP, HSBC, Ernst and Young o Vodaphone encuentran en el British un colaborador fuerte, experimentado e influyente en el panorama internacional, el Cervantes ofrece talleres infantiles, descuentos en sus publicaciones (¿a quién que no sea profesor le interesaría comprar un Plan Curricular?) y la atención turística con que los Directores de los centros pueden obsequiar a los directivos de las grandes empresas… Tanto la ingenuidad como el grado de inmadurez de la iniciativa resultan sonrojantes.

Sin función específica dentro de la acción exterior del Estado, con problemas de ubicación estratégica y con gravísimos fallos estructurales en su diseño administrativo, el Cervantes es incapaz de entender y atender el potencial económico del Español. Para que fuera rentable e influyente, el Instituto debería tener intereses de alcance global en lo estratégico y económicos en lo local. Por ejemplo, debería apostar por la apertura de centros en lugares donde la enseñanza del Español represente un negocio seguro. Según declaraciones del anterior responsable del Cervantes de Nueva York “la presencia del IC en las grandes ciudades norteamericanas tendría asegurado el éxito de alumnos”; no obstante, en EE.UU. hay únicamente dos centros y, según parece, así seguirá siendo…

No se trata sólo de que el Instituto Cervantes sea rentable; de la rapidez con la que el Gobierno emprenda acciones de reestructuración en la institución dependerá en gran medida la calidad expresiva del Español hablado por ese 10% de la población mundial en el 2050. Urge por tanto, articular un Instituto ágil, susceptible de asistir al idioma en su expansión mundial y de satisfacer su demanda creciente. El Español bien lo vale.

 

Anoche tuve un sueño.

Soñé que era estudiante de Veterinaria y que nos reunían a todos los alumnos en el aula magna de la Facultad de Medicina. Había muchos compañeros a los que no conocía, y tan pronto como uno de los profesores que habían ocupado la tribuna se puso a hablar, comprendí la razón de mi desconcierto: allí estábamos reunidos, por turnos, todos los alumnos de primer curso de las facultades de Medicina y de Veterinaria, por lo que era natural que solo conociera a unos pocos. Afuera aguardaban los de los siguientes cursos, que irían entrando en el aula conforme los de los cursos anteriores íbamos saliendo.

El panel, compuesto por profesores de primero de Veterinaria y de Medicina, nos explicó que se había decidido juntar en un solo grupo a todos los alumnos de las dos carreras para hacernos confluir en una sola. Lo que era válido para los ratones lo era para los hombres, y las diferencias fisiológicas y anatómicas entre especies eran, desde un punto de vista científico, nimias. Médicos y Veterinarios seríamos, a partir de entonces, unos: Sanadores de cuerpos. Asimismo, se nos informó de que de ahí en adelante sólo se impartirían clases teóricas y se suprimirían las prácticas porque los expertos en sanidad habían caído en la cuenta de que, al fin y al cabo, bastantes prácticas haríamos a lo largo de nuestra vida profesional, una vez comenzáramos a ejercer.

A continuación nos dijeron que, quienes estuviésemos de acuerdo, deberíamos ratificarlo de viva voz a la lectura pública de nuestro nombre. Y comenzaron a leer en orden alfabético los nombres de una lista conjunta, recién elaborada, de antiguos aspirantes a veterinarios y a médicos.

Muchos de los alumnos se levantaron y se fueron inmediatamente. Todos teníamos los ojos muy abiertos y nuestras pupilas estaban muy dilatadas, yo apenas podía ver. Nunca había sentido un terror tan grave como mi desconcierto. Parecía que lo que estaba viviendo era una pesadilla, pero aquello realmente estaba ocurriendo. Busqué a duras penas el contorno o la cadencia de una presencia conocida, pero los estudiantes de Medicina debían ser más que nosotros, los de Veterinaria. Estaba sola. Las iniciales de la lista se acercaban a mi nombre, y yo no disponía de tiempo para decidir. La mayoría de los jóvenes se marchaba sin ratificarse en el nuevo plan de estudios, y lo hacían en silencio, apenas algunos susurros adornaban la lectura solemne de apellidos a los que de vez en cuando una anecdótica y atemorizada voz, incapaz de sospechar a qué se comprometía realmente, contestaba “Sí”.

Aunque sentía ansias por huir, mi voluntad estaba arrumbada y mis sentidos, paradójicamente, alerta. Oí leer mis apellidos. Alcé la mano y dije “Sí”, y entre sombras discerní en la tribuna un cuerpo que me identificaba y asentía antes de trazar una especie de V (“Visto”) sobre el papel.

Mi parálisis se había confundido con aquiescencia y mi nombre y mi ficha pasaron a formar parte del exiguo grupúsculo de estudiantes –Sanadores de cuerpos- que continuarían sus estudios en la universidad.

Una vez hubieron terminado, el hombre que estaba en el centro de la tribuna tomó el micrófono para decir que, a partir de ese momento, la norma académica obligaba a aprobar al completo un curso por año, con el grueso de las asignaturas en bloque, y que por consiguiente quedaba conculcado el derecho a elegir estratégicamente en qué y en cuántas clases se iba matriculando cada estudiante a lo largo de la carrera.

Luego, a los pocos que habíamos quedado, nos instaron a salir ordenada y rápidamente del aula magna, para que pudieran entrar todos los alumnos de segundo.

Una vez en los pasillos, ya con la vista recuperada y algo menos aturdida, comprobé que el edificio estaba siendo objeto de una profunda remodelación. Había obreros por todas partes que transportaban vigas, sacaban mesas, pizarras y ordenadores, y desde todas las direcciones me llegaba un ruido inconfundible de máquinas tragaperras. Mientras avanzaba hacia la salida no me costó comprender que una parte de la Facultad había sido privatizada y transformada en un enorme y peculiar Casino.

Hordas de jubilados entraban en el edificio de la antigua Facultad de Medicina y en vez de ecos, pasos y voces jóvenes oía el entrechocar de monedas en bolsillos, manos y monederos, confundido con el soniquete de las máquinas y sus falsos premios. Justo a la salida, en estéreo, una voz sacerdotal y un coro grabado que cantaba el Angelus captaron mi atención. A ambos lados de la entrada sendas capillas celebraban funerales por dos recientes difuntos. Además de con un Casino, la Facultad compartiría ahora sus cimientos con un Tanatorio.

Salí a la luz y me senté en las escaleras. Por más que lo intenté, ya no pude pensar más.

En este blog, la autora Irene Zoe Alameda comienza su viaje hacia Los Gatos, California, un lugar soñado que resultó ser también real. Conforme deambula por carreteras secundarias, observará y relatará su mundo: luminoso, algunos días, inextricable otros.

In this blog, the author Irene Zoe Alameda initiates a journey towards Los Gatos, California, a dreamed place that turned out to be real. As she wanders across secundary roads, she will observe and depict the world as it becomes somedays lighter, somedays entirely obscure.

En el último año los españoles hemos sido testigos de la híper-exposición pública de la Corona, algo que se ha intensificado en la última semana con la inauguración de la página web de la Casa Real, el publirreportaje Disney de la princesa Letizia y la misiva antisecesionista del rey. De todas las noticias escandalosas que viene protagonizando la familia real, la que es sin duda más llamativa es la que se deriva de la imagen de la nueva web, con la que el monarca ha pretendido ilustrar su “compromiso” para con nosotros, sus súbditos; una fotografía en la que aparecen el Jefe del Estado y a las dos personas que pretendidamente perpetuarán la línea sucesoria: el príncipe Felipe y su hija, la infanta Leonor.

Lo cierto es que la contemplación objetiva de la foto, con esas tres personas (pre)destinadas a reinar, desata un escalofrío. Quien mayor pavor produce es, sin duda, la niñita Leonor, porque es una menor y por tanto infinitamente más vulnerable a las agresiones contra su integridad psíquica: esa niña sonriente, agarrada por su padre y bendecida por la risa de su abuelo es, ya desde hoy y para siempre, una persona enajenada (alguien que no está en posesión de sí), una especie de esclava del Estado con la aquiescencia de los españoles. De la sesión fotográfica dedicada a la peculiar trinidad ha trascendido que la pequeña es muy madura para su edad y que ya está asumiendo cuál será su destino, distinto del de su hermana.

Sería discutible el hecho de que el rey, que accedió al trono con notable voluntariedad, haya sido alguna vez esclavo del Estado. Menos discutible lo es la situación del príncipe, que aunque nació el tercero en la descendencia de sus padres, fue educado inexorablemente para el desempeño futuro del cargo regio.

Se habla de que la Constitución debe ser “corregida” para que Leonor pueda ser reina pese a no ser varón, pero me sorprende que nadie señale el marco espantoso en el que todo el “negocio” regio se desarrolla ante nuestro consenso político y social: más allá de destellos bucólicos sobre los privilegios de reyes y princesas,  ¿tiene una sociedad derecho a seleccionar a un recién nacido y lavarle el cerebro hasta el punto de anular su voluntad de elección para convertirlo en monarca, hasta su abdicación o hasta el fin de sus días?

Es comprensible que una persona como el príncipe, producto casi perfecto de una educación sin fisuras y rigurosamente orientada a convertirlo en el sucesor de su padre, no haya experimentado ninguna duda acerca de la cesión de su primogénita al Estado. No lo es, sin embargo, que su pareja consorte, la princesa Letizia, haya accedido a semejante ataque a la integridad psíquica y a la futura voluntad de elección de una de sus hijas.

Esta entrega de los primogénitos al Estado por parte de plebeyas y plebeyos en toda Europa (en Dinamarca, Noruega, Suecia, Holanda y Bélgica, Inglaterra próximamente) es monstruosa, más aún proviniendo de madres y padres consortes que sí han crecido en la libertad de elección y que han gozado de la mayor fuente de satisfacción de la edad adulta, que consiste en dominar un área profesional y recibir el reconocimiento público por ello. Si la Casa Real española ve cumplirse sus planes, la hija mayor de Letizia jamás tendrá la oportunidad convertirse en artista, directora de cine, empresaria, cirujana, periodista… Y si en la juventud la joven quisiera contravenir las elecciones que la tradición ya ha hecho por ella, sin duda se la convencerá de que reprima su vocación responsablemente, pues Leonor jamás podrá ser quien ella elija ser, salvo si se alinea con el destino elegido para ella y elige ser reina.

Si esta situación la contempláramos en una película, representaría el horror.

Muchos lectores pensarán que los niños de los países pobres tienen muy poca libertad de elección. Pero la realidad es que tienen tanta como la que su sociedad en conjunto les ofrece. A mitigar la miseria y la ignorancia destina la humanidad grandes esfuerzos, y son muchas las organizaciones que se emplean a fondo en la lucha contra la pobreza. No hay, no obstante, ninguna organización que luche por liberar a los herederos de las monarquías del sofisticado lavado de cerebro del que son objeto y del destino único que irremisiblemente deberán acatar (si no quieren ser repudiados, intentar sobrevivir en un mundo para el que no han sido preparados, y convertirse en el hazmerreír de la historia, como el rey inglés Eduardo VIII…)

A la luz de los avances que conocemos en el campo de la educación y el aprendizaje, orientados a desarrollar las inteligencias múltiples, fomentar el equilibrio psicológico y alentar la creatividad… resulta aún más pavoroso pensar que hay tantos herederos en Europa a quienes se les está inculcando todavía una educación destinada a anular vocaciones y eliminar, como defectos, todos los intereses ajenos a la misión de reinar.

Más allá de los sobrados argumentos políticos que todas las sociedades tienen para rechazar la perpetuación de la monarquía, este argumento, el de la enajenación desde la infancia, debería hacernos reflexionar.