Irene Zoe Alameda

Theatrical Release of Alex’s Strip on June 26th

La dama del cuadro

Me dirigía esta mañana con cierta prisa a mi destino, cuando una fuerza emocional me obligó a frenar mi bicicleta y a bajarme de ella.

Me hallaba casi en la intersección de la F con la Ninth, ante un antiguo templo reconvertido en espacio de alquiler para negocios temporales. El lugar había perdido la solemnidad de la que supongo gozó en sus dos siglos pasados, y ahora era una nave inusitadamente alta, con claraboyas en el techo que dejaban entrar la luz al interior, de manera que se tenía la extraña sensación de habitar un Shangri-La de pesadilla, con los rayos de un sol inclemente rascándote la nuca, envueltos en un frío tumultuoso de aire acondicionado.

Un viejo comerciante exponía allí cuantos objetos había sacado durante décadas de cientos de casas abandonadas por todo el país. Casas de muertos. Todo lo que llenaba el local eran los despojos que habían acompañado las vidas de personas que no dejaron herederos, ni amigos, ni conocidos, ni vecinos que generosamente hubieran querido acoger los restos de sus solitarios naufragios.

Muñecas, cañas de pescar, escritorios, mantelerías, cuadros, joyas, almanaques, sombreros, gramófonos, cuberterías, cofres… retenían las fragancias de sus dueños, al tiempo en que un aire nuevo los oxidaba tras décadas de reclusión; la decrepitud de los cachivaches se aceleraba ante los ojos eternos de quien los observara.

Conforme avanzaba por la estancia, caí en la cuenta de que el motivo real por el que había decidido traspasar aquellas solemnes puertas era que de allí dentro emanaba, confundido con otros olores, algo que olía como un libro de la casa de mi difunta abuela. No se trataba de un olor total, era un vestigio palpitante, un rastro vivo oculto entre notas fantasmales. Y aquel olor, que yo no acertaba a delimitar en sus facetas más exactas, se abría camino hacía el desván de mi memoria del mismo modo que un arpón en busca del corazón de una ballena.

Bajo el fulgor de aquel recuerdo, podía contar mi biografía de otra manera. Yo y la escritura, yo y la lectura, yo y la sala de costura de la casa de mi abuela, que hacía las veces de biblioteca.

Como nadie me leía de pequeña, desde antes de saber leer, intenté hacerlo. Con cuatro años me esforzaba por entender las líneas de los libros, y para ello las leía en voz alta. Pasaba de la incipiente lectura silábica a la enunciación de las frases de seguido, me descifraba el significado de ese grupo de palabras, pero ni con esa táctica lograba encadenar una sola frase que en mi primitiva cabeza reuniera sentido.

Moby Dick, Huckleberry Finn, Fundación, Raíces… Disfrazada con enormes zapatos de raso hechos a la medida de los pies adultos, y con los retales de patrones pespunteados de ropa de sastre, hojeaba los libros que incansablemente sacaba del gran mueble-biblioteca. De vez en cuando, mi abuela se asomaba a la habitación para ver

“¿Qué haces, tan callada?… Luego me pones los libros donde estaban, no lo dejes todo desordenado. Y cuidado con manchar la ropa, que son encargos que ya me han pagado.”

Y yo aprovechaba para pedirle a mi abuela que me leyera las primeras líneas de cualquier historia:

“Es que me las leo en voz alta pero no las entiendo. Si me las lees tú, así puedo saber cómo empieza el cuento y sabré seguir…”

Así fue como mi abuela intervino de manera trascendental en mi vida:

“Estos libros son muy difíciles para ti. Empieza por éste, mira: tiene dibujos y es para niñas. Más adelante podrás leer los demás, pero éste es un comienzo. Ya verás cómo te gusta.”

Y mi primer libro se tituló La dama del cuadro.

Se trataba de un cuento ilustrado cuyas imágenes retrataban un mundo medieval y mítico en el que una bruja comida por la envidia condenaba a una muchacha a existir como obra de arte en el interior de un cuadro. Como era un relato construido sobre símbolos, el amor jugaba un papel esencial, pues desharía el encantamiento cuando alguien encontrara el cuadro y se extasiara ante la belleza que lo había inspirado.

… Al cabo de los años y el olvido, con el castillo que albergaba el cuadro reducido a ruinas, un apuesto príncipe que pasaba por allí se bajó de su caballo movido por la curiosidad; y ante la visión de aquel retrato, enfermó de melancolía por la imposibilidad de sentir como real lo que aquella imagen le hacía anhelar tan dolorosamente.

Y el amor derrumbó el hechizo: en el rostro de la dama vacilaron sus pupilas y sus pies pudieron recorrer el trecho que la había separado de la vida.

De niña, entendí ese cuento. Desde luego, la historia estaba contada de manera mucho más sencilla pero así es como la parafraseo ahora. Lo leí muchas veces en mi larga infancia, reconfortada en entender sus letras, sus frases y sus páginas, acogiendo cada formulación en mi cabeza. Detrás de la palabra FIN imaginaba yo el cuadro, mero paisaje ya vacío, retenido en la pared de la cual se alejaba la dama liberada. Me imaginaba la perplejidad de la bruja: ¿Qué haría ella ahora? ¿Se lanzaría a los bosques en busca de otra dama? Y ¿dónde habitaría la bruja? ¿Dentro o fuera del cuadro?

 

En el almacén luminoso y frío, el olor impreciso de aquel libro de mi abuela era mitigado por olores bastardos, que me impregnaban los sentidos en una confusión desquiciante. De pronto, una mirada directa y sin nostalgia me atrapó y me hizo girar a la derecha.

Contra una pared, sepultadas por una infinidad de marcos, lienzos y mapas, las pupilas de un joven asomaban de un cuadro, en una conexión tan familiar y tan secretamente esperada que parecía la visión, ineludible y aplazada, de un sueño.

No pedí permiso para descubrir aquel retrato y aparté sin cuidado cuantas cosas me estorbaban. Una vez liberado, me planté frente a la mirada de aquel joven y perdí la noción de dónde estaba.

Era tal la verdad de aquellos ojos que busqué la forma de dejarme llenar por la intensidad de la propuesta artística. Los contemplé desde distintos ángulos y aunque la luz era extraordinaria, desde ninguna perspectiva alcancé a captar la verdad que retenían, mi afán era insaciable ante aquella mirada.

Comprendí que debía comprar el cuadro y localicé al comerciante. Me dirigí hasta él.

 

“¿Cojeas?” Me dijo: “Se te acaba de romper un zapato.”

Levanté el pie.

El hechizo Zoe Alameda

“Uy, sí, se me ha estallado.”

“Es extraño.”

“Lo siento. He dejado un rastro de caucho desde donde está del cuadro.”

“Tendré que buscarte unos zapatos.”

“¿Vende zapatos usted?”

No me contestó.

“El caso es que quiero comprar aquel retrato que estaba ahí detrás, escondido.”

“Luego me devuelves todo a su sitio. Has dejado ese rincón desordenado.”

“Ahora lo reordeno.”

“Te puedo llevar el cuadro esta tarde adonde me digas. Voy a ver qué zapatos te puedo dar.”

Mientras le dejaba escrita la dirección de la entrega del cuadro, se esfumó detrás de una cortinilla y me trajo un par de zapatos raros, antiguos y virtualmente nuevos. Eran  exactamente de mi talla.

“Son para ti.”

Y tras devolver a su lugar los lienzos, marcos y mapas que había dejado desparramados, abandoné el lugar y reanudé mi marcha en bicicleta.

 

Ya por la tarde, impaciente, esperaba la llegada del recolector de casas abandonadas. Buscaba el mejor lugar para ubicar el retrato de aquel joven cuya mirada contenía la cifra exacta de mi tristeza y de mi dicha. Pensando en las similitudes entre su rostro y el mío, se me aceleraron las pulsaciones al reparar en que los zapatos que me había regalado el hombre por la mañana eran idénticos a los que llevaba el modelo en el cuadro.

Me asaltó una sensación ambivalente acerca de la coincidencia: ¿me gustaba? ¿me desagradaba? ¿me intimidaba? ¿me asustaba? ¿vivía yo dentro de un hechizo? ¿había entrado, sin saberlo, en él?

 

“¿No lo vas a descubrir?”

El comerciante había tenido la delicadeza de colgar el cuadro y mantenerlo embalado para que fuera yo quien lo destapara.

“¿Sabe? Estoy fascinada con los zapatos que me ha dado esta mañana. Son exactamente iguales a los del joven del cuadro. No sé cómo hasta esta tarde no he me dado cuenta.”

“Sincronías.”

Me dio unas tijeras y se alejó unos pasos para que yo misma liberara el cuadro.

La misma belleza, el mismo anhelo. Una nueva inquietud.

“Pero… No puede ser. Mire:” Señalé: “No puede ser…”

El joven del cuadro ya no llevaba zapatos.

“Esta mañana tenía mis zapatos. Ahora está descalzo. ¿Cómo es posible?”

La dama Zoe Alameda_2

De nuevo, estaba sola.

Y, paso a paso, mis pies recorrieron el trecho que me separaba del cuadro.

 

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