Irene Zoe Alameda

Theatrical Release of Alex’s Strip on June 26th

El regalo

Anoche volví a soñar contigo.

En el sueño, no me habías invitado al cumpleaños de tu hija, pero yo acudía y no le entregaba ningún regalo.

Había muchos invitados. Tú te dedicabas sólo a ella, y ella se dedicaba a ti: te hablaba, te sonreía, te instaba a cenar, te interrogaba con gracia acerca de temas intrascendentes que, sin embargo, de una forma indirecta, me apuntaban.

Yo te buscaba a la vuelta de tu perfil y tú no parecías detectar mi intento por encontrar tu cara, tu cabeza se orientaba hacia los ojos verdes de la niña del cumpleaños. Estabais sentados en una mesa aparte ella y tú, aunque os acompañaban, como testigos, tus amigos.

Adiviné un cambio de luz. Había caído la noche.

Y yo me levantaba y anunciaba en tono discreto, dirigido en secreto a tus oídos, que ya me marchaba – esperando que tú me acompañaras a la puerta, o que me hicieras una señal de espera, o de reconocimiento, o de posterior encuentro.

Tú no me mirabas.

Yo me despedía cuando tu hija despertó de tus encantos, giró su rostro enmarcado por su melena oscura, y se fijó en mí.

Salí a la calle, y cogí un taxi.

Todas las farolas se iban apagando tras nuestro avance, y refulgían los charcos de las aceras y de la carretera.

De pronto, el taxista reaccionó a algún signo externo y se desvió de la ruta. El escalofrío de ambos fue tan fuerte que casi fue compartido. Traté de preguntarle por qué hacía eso, pero la certeza de nuestro miedo me retuvo la voz.

Comprendí que un vehículo, negro y largo, nos estaba acechando. Y yo liberé con la mano izquierda el seguro de la puerta para escapar a pie, pero a la izquierda, fuera, quedaba un precipicio.

El coche alargado nos acosó a menor distancia, pero por fin mi voz fluyó y pude murmurarle al taxista:

“¿Qué debo hacer?”

Y él, frenético, accionó la palanca de cambios, y sus pies patalearon sobre los pedales al acelerar.

En una maniobra acertada se deslizó por un hueco entre una valla y unos postes de madera, y a unos pocos metros, sobre el páramo de una gasolinera, frenó.

Me hizo bajar de su taxi, me instó a que me ocultara, y desapareció.

Yo me quedé como una línea escueta, sobre la plataforma de repostaje de la única edificación iluminada de aquella ciudad sin casas. A la luz de un neón verde.

Traté de vislumbrar una alternativa para recuperar mi rumbo. Nada parecía esconder vida. No había esquinas y las sombras me rodeaban. Reconocí la fricción de las ruedas del coche negro sobre el asfalto, que se acercaba.

Eché a correr en una lucha animal por la huida hacia el interior de la gasolinera, pero carecía ya de tiempo y me paré.

Y cuando me giré y volví a ver su cara, el último destello del neón también se apagó.

Comments

Impresionante relato, me ha gustado mucho. felicidades!
El tema de los pies además me interesa mucho. Irene, ¿te gusta meter en tus relatos cosas relacionadas con los pies y los zapatos? He visto que a veces los mencionas de forma tangencial
Un saludo
Iván.

Hola Iván:

gracias por leer el relato y por tus comentarios. Tienes razón en que los pies y los accesorios relacionados con ellos aparecen en algunas de mis obras, y la frecuencia no debe ser casual. Me funcionan bien como símbolo, son el medio que cambia de lugar o estado a los personajes. En mis textos la anécdota gira a menudo en torno a una translación (moral, espacial) así que, en efecto, los síntomas de ese movimiento se manifiestan a través de los pies.

De todos modos, estas reflexiones siempre suceden a posteriori: cuando estás escribiendo es mejor dejarte llevar por la intuición.

Un saludo cordial,

Irene

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