Irene Zoe Alameda

Ciudadano Kaín

El 5 de octubre de 2006, el diario EL PAÍS decidió vetar uno de los artículos que le hice llegar durante mi etapa como colaboradora: “el Mando (no el Mundo, sino el Mando) no tiene ganas de meterse más con Ciudadano Kaín. Considera que lo escrito por JLC el otro día es suficiente.”

Sólo han tenido que transcurrir siete años para que que el cese de PJR levante la censura sobre el texto.

 


Llevo varios días pensando que todo el que (h)ojee diaria o semanalmente los periódicos puede intuir que, para un megalómano, hoy resultaría más satisfactorio dirigir un medio de comunicación que los destinos de un país. Desde un punto de vista ingenuo, esta afirmación parecería extremada: ¿puede la gestión de la información llegar a ser un instrumento tan fuerte de dominio? Muchos se refieren a la prensa como El Cuarto Poder: su labor es la de mantener informada a la población para forzar a sus representantes -los políticos-, y a las instituciones a rendir cuentas sobre su gestión. Sin embargo, el gran dilema postmoderno es la asimetría entre los ritmos de producción y consumo de la información, y la verificación de la misma. Por consiguiente, en un futuro tan cercano que casi ya fuese el presente, podría llegar a ocurrir que un periódico crease y silenciase noticias con tanta rapidez, que nadie tendría tiempo de rebatir ninguna de sus calumnias. Esas calumnias, libres de sospecha bajo el serio formato de un periódico, pasarían por verdades. Si esto fuera así, algunos diarios ya no harían periodismo, sino que se embarcarían en la labor de suplantar a los tres poderes de todo Estado moderno.

Echaré mano de la ficción para analizar esta idea.

Si yo fuera una novelista que, en vez de hurgarse la imaginación, se nutriese estrictamente de la realidad, y quisiera escribir una obra de consumo masivo por sus contemporáneos, elegiría un personaje cuya trayectoria encarnase los dos movimientos más anhelados y más temidos por todos: el ascenso hasta la cúspide y la caída desde lo más alto.

Tras una minuciosa observación de la sociedad, sabría que ese personaje tendría que ser un astuto recopilador y transmisor de información que, por méritos propios, habría conseguido fundar un periódico. Dado que los periódicos se dirigen a un público interesado en primera instancia en los asuntos nacionales, el de mi protagonista aspiraría a más, y esa ambición, al menos nominalmente, debería verse reflejada en el nombre de su diario. Algo así como La Tierra, El Globo o…

¿El Mundo?

Habría que construir una trama que motivase las acciones megalómanas del protagonista. Una trama apasionante y con giros inesperados. La historia arrancaría en la cúspide de poder del héroe. Mediante un flash-back se contaría que en el pasado se había deshecho de los dos últimos presidentes del Gobierno; también que se había vengado de forma atroz, incombustible, de los que habían intentado hundir su carrera revelando ante todo el país sus íntimas prácticas de putero, coprófilo y travestido.

¿A qué podría aspirar un hombre como él, que lo ha logrado todo? A ser un auténtico Napoleón, un estratega capaz de planear y precipitar los acontecimientos de la realidad. Si los instrumentos del Estado de Derecho -su campo de experimentación- eran los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial, él les disputaría su preeminencia a los tres.

Para empezar, el más fácil de dominar sería el Legislativo; al fin y al cabo, él dirigía un periódico, y si en algo estaba bien entrenado era en vender (en el sentido anglosajón de convencer) versiones de la realidad. Hasta los políticos habían comprendido que ninguna campaña publicitaria podía resultar tan efectiva como aparecer en la portada de su diario. Por eso, desataría inquietudes entre los mismos políticos y entre los ciudadanos, crearía la necesidad de reformas y leyes a su antojo, cuestionaría comisiones de investigación… De ese modo, forzaría a que los políticos, vendedores, asimismo, de programas y resultados electorales, se viesen obligados a satisfacer las demandas ciudadanas que él (y sólo él) había creado.

En lo referente al Poder Ejecutivo, se limitaría a aquiescer con la puesta en práctica de aquellas iniciativas que le fuesen útiles para sus fines, y disentir abiertamente, desde la tribuna de su extenso editorial, con todo lo que no le resultara ventajoso. Poseía un fino sentido de la ironía, el cual, puesto al servicio de sus razonamientos demagógicos, podía incitar a la resistencia activa o pasiva contra todas las políticas cuyo fracaso aumentasen indirectamente su poder oculto. Alentaría manifestaciones que ensalzasen o distorsionasen la imagen del Gobierno. El hecho de que el presidente de turno –su adversario sempiterno, fuese cual fuese su cara o partido- no lograse el beneplácito público después de un gran esfuerzo ejecutivo, le procuraba un poder infinito y secreto: porque era él, y no otro, el artífice de tal fracaso.

Por último, debería llevar a la práctica el desmantelamiento del Poder Judicial, lo que no era otra cosa que arrogarse a sí mismo la capacidad del juicio público. Para ello armaría un grupo de periodistas de investigación, que en sí constituían un CNI en la sombra, dispuestos a divulgar “confesiones” (o libelos) a la carta. Sus conclusiones, jamás basadas en pruebas concluyentes, como mucho en indicios, serían aceptadas sin cuestionamiento porque, al fin y al cabo, su reino era un periódico y no un juzgado. Incluso acusaría de prevaricación a todo juez que se atreviese a investigar áreas sobre las que su periódico ya hubiese emitido un veredicto.

En su mundo regirían sus normas, y sus súbditos serían los lectores.

Llegada a este punto, y antes de proyectar la caída del personaje desde lo más alto, mi proyecto narrativo se desmoronaría por inverosímil: tratando de escribir una historia realista, habría acabado construyendo una fábula increíble, porque ningún lector racional habría aceptado la premisa de que, en un futuro cercano, los ciudadanos de un país podrían llegar a desear leer mentiras, mucho menos a pagar por ellas. Sin lugar a dudas, la dirección de ningún periódico es susceptible de brindar tanto poder.

Además, me da la impresión de que el trasfondo de este relato es el calco de una obra maestra del cine antiguo cuyo título no recuerdo… Lo tengo en la punta de los dedos.

 

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