Irene Zoe Alameda

Artículos El Cotidiano

  • Viernes, 6 Septiembre, 2019

    Siete años ha tardado Anthony Maras en dar el salto al largometraje después de su rutilante corto Palace, hasta el punto de que el francés Nicolas Saada se le adelantó con su notable Taj Mahal, también centrada en los salvajes ataques terroristas de Bombay de 2008, que acabaron con la vida de 170 personas.

     

    Siguiendo la senda explorada en su trabajo previo, Maras revive la cadena de atentados de manera poliédrica, desde numerosísimos puntos de vivencia que recogen no solo a las víctimas –unas se salvarán, otras no- y a los verdugos –auténticos imbéciles ignorantes y sanguinarios-, sino incluso también a las fuerzas del orden –personajes a medio camino entre la comedia ramplona y el drama heroico-, los (ir)responsables políticos y los rapiñeros medios de comunicación.

     

    Es precisamente a causa de ese intento megalómano de incluir información hasta más allá de lo narrativamente posible, que la película pierde la cohesión hasta quedar despojada de cualquier rastro de emotividad. De hecho, cuando en el último tercio del metraje se intenta crear impacto dejando morir a uno de esos personajes “compuestos” –no poseen correlatos absolutos en la realidad, sino que son construcciones de guion- lo que parecía un docudrama hiperrealista salta sin éxito al género del suspense de forma abrupta y casi desquiciante.

     

    Dicho esto, la cinta exhibe momentos de brillantez técnica, especialmente en las áreas de cámara, fotografía y etalonaje –a cargo de Nick Remy Matthews-, postproducción, y sobre todo diseño de producción, repartido entre Adelaida (Australia) y Bombay (India). Además, cuenta con un reparto internacional tan variado y caótico como sus premisas estructurales: el británico-indio Dev Patel -como humilde y heroico camarero sij-, el norteamericano Armie Hammer y la británico-estadounidense-iraní Nazanin Boniadi –como pareja mixta con un bebé y su nani de visita en el Taj Mahal Palace Hotel-, el británico Jason Isaacs –como millonario ruso adicto a la prostitución-, el indio Anupam Kher –como bondadoso y entregado jefe de cocina-…

     

    En términos generales, la cinta envuelve al espectador con una rara mezcla de exuberancia de súperproducción y toques de cine indie, y lo introduce en el desconcierto de la aterradora lotería de vida y muerte que supone cualquier ataque terrorista. Al concluir, no obstante, se siente una punzada de vacío que cabría atribuir tanto al absurdo evocado en la gran pantalla, como al fracaso que siempre supone una película que finalmente no cumple las expectativas.

     

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  • Jueves, 29 Agosto, 2019

    Luc Besson nos trae en Anna su blockbuster anual, una reformulación perfeccionada de la somnífera Gorrión Rojo, en casi dos horas de acción vertiginosa por parte de una preciosa muchacha rusa dando mamporros a cuantos varones se le cruzan por delante.

     

    El director, productor y guionista francés, autor de obras geniales como Leon: el profesionalNikita El quinto elemento, mantiene en esta nueva película el listón alto dentro de un género en el que se mueve como pez en el agua, y del que ha sido un gran innovador. 

     

    En esta ocasión no se ha complicado demasiado, pues echa mano de la receta que le situó en el Olimpo de los directores en el año 1990: chica joven caída en desgracia es redimida, enderezada y convertida en súper-asesina por un Pigmalión que, aparte de ser su viejo mentor, se convierte en un amante dispuesto a utilizar cuantas armas de extorsión le hagan falta para mantener controlada a su presa. 

     

    Desde los primeros minutos, en los que suena la música de Éric Serra, el compositor de cabecera de Besson, se tiene la certeza de que éste ha cogido su viejo guión de hace ya casi treinta años y se ha limitado a cambiar los nombres, los topónimos y algún que otro detallito: donde ponía Nikita ahora debemos leer Anna, y donde ponía Bob ahora pone Alex; ha sustituido Francia por Rusia; donde veíamos un robo en una farmacia, ahora asistimos a un robo en un cajero… Empeñado, como evidentemente estaba el director, en contar con la top model Sasha Luss para el papel protagonista, sabiamente supo compensar su inexpresividad y manifiesta inexperiencia con actores de la talla de Luke Evans, Cillian Murphy y Hellen Mirren.

     

    Y sin embargo, por muy evidente que sean sus trucos, nada entorpece el disfrute del film. Con un ritmo endiablado y una estructura perfeccionada en cuanto a tiempos por secciones narrativas se refiere, Anna es una lección de cine de entretenimiento, ese que tanto se agradece cuando se quiere pasar un rato divertido devorando un (carísimo) cubo de palomitas.

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  • Martes, 16 Julio, 2019

    Cartel de la película Apollo 11

     

    El día 20 de julio se celebrará la llegada del hombre a la luna, y por ello durante apenas cuatro días algunas salas españolas están proyectando la magnífica Apollo 11 de Todd Douglas Miller.

     

    Editada exclusivamente por el director a partir de más de 500 carretes de filme procedentes de 1969, gran parte de él rodado en 70mm por la NASA y digitalizado a lo largo de seis meses, la película constituye una cápsula temporal a través de la cual la audiencia se traslada a los nueve días que duró la misión, comenzando con el transporte del monumental cohete Saturn V a su lugar de lanzamiento, para meternos en la sala de control de la Tierra y en el interior de la nave Columbia y el módulo lunar Eagle, pasando por las afueras de Cabo Cañaveral y vivir en directoel lanzamiento escuchando las retransmisiones radiofónicas y televisivas bajo el calor, la euforia y la expectación de un momento único en la historia de la humanidad.

     

    Como buen documentalista, que a menudo reflexiona sobre el intenso esfuerzo que requiere la investigación, Douglas Miller no solo condensó todo el material visual en un primer corte de 24 horas, sino que buceó en más de 11.000 horas de audios y consultó con las familias de los astronautas, y sobre todo con los protagonistas aún vivos de la misión: Michael Collins y Buzz Aldrin. Ese esmero en la preproducción le ha permitido incluir preciosas e inéditas porciones de metraje y sonido (a cargo de Eric Milano), como los disímiles ritmos cardiacos de los astronautas y el singular punto de vista de Michael Collins.

     

    La película sobre todo subraya la magnitud del logro del alunizaje por una nave tripulada hace cincuenta años al hacer patente que, de entre todas las posibilidades, la de éxito era altamente improbable. Y, en consonancia con lo prodigioso del asunto que trata –el triunfo de una ciencia y técnicas primitivas a hombros de un enorme y complejo equipo humano- la experiencia cinematográfica que ofrece es extraordinaria y abrumadora. Con una calidad fotográfica casi indescriptible, con efectivas animaciones y con imágenes en pantalla dividida, al verla a veces olvidamos probablemente lo más admirable: pese a no tratarse de cine narrativo y constar únicamente de las comunicaciones entre los astronautas y la sala de control, las voces de los periodistas y las imágenes de la gente agolpada en torno al Centro Espacial, la audiencia de hoy revive activamente y con total naturalidad el acontecimiento que está teniendo lugar ante sus ojos.

     

    No cabe duda de que Apollo 11es una celebración de la trigonometría y de la capacidad de la inteligencia y el ingenio humanos. Pero, ante todo, y de ahí se desprende la irrefrenable emoción que despierta, es un bellísimo viaje en el tiempo.

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  • Viernes, 25 Enero, 2019

    Cartel de Creed 2, de Steven Caple Jr.

     

    Por fin llega a nuestras carteleras la segunda parte de Creed, la nueva saga sobre el mundo del boxeo destinada a formar parte de la filmoteca de los nacidos en los años noventa del pasado siglo. 

    Creed 2 recoge la tradición iniciada hace cuarenta y dos años por Rocky, al tiempo que se convierte en algo nuevo y atractivo. El secreto de la longevidad de la serie de Rocky Balboa, ahora continuada por Adonis Creed, reside en unos guiones capaces de incorporar capas de dramatismo a una historia aparentemente simple en su diseño. 

    La primera entrega, firmada por Ryan Coogley, logró reformular el mito de Rocky actualizando sus principales elementos: el aspirante italoamericano,pobre y sin ninguna posibilidad, se convierte ahora en un muchacho afroamericanoacomodado y heredero natural al trono del boxeo, pero aplastado por la responsabilidad y el deber hacia la memoria de su padre; la novia del héroe ya no es una dulce joven dócil y abnegada, sino una artista fuerte que se relaciona en términos de igualdad con su pareja; la geo-política de la guerra fría que impregna todas las películas de Rocky, en especial Rocky IV, ha permutado en sus devastadoras consecuencias a nivel individual y familiar, y a través del personaje de Ivan Drago y de su hijo Viktor funciona como catalizador para la peripecia de Creed 2.

    Es probable que parte del éxito de esta cinta resida en el guion, como si todo un curso de estructuras narrativas hubiera sido compactado de forma brillante por los guionistas Juel Taylor y Sylvester Stallone. Así, Adonis Creed se enfrentará a un adversario imponente, el hijo del hombre que mató a su padre en el ring, y para hacerlo tendrá que emprender un viaje y renacer física y espiritualmente; y precisamente haciéndolo optará a conquistar la gloria, pero en sus propios términos. 

    Para Creed 2 Coogley, ahora productor ejecutivo, ha dado paso a su compañero de promoción en la Universidad de South Carolina, Steven Caple Jr., quien con una dirección detallista, exuberante en planos y de montaje ágil refresca elementos clásicos del género, dotando de emoción y veracidad un material que, de entrada, no tenía garantizado convertirse en una gran película. 

    En esta una producción exquisita, volcada en complacer al público mayoritario sin caer en lo simple, destaca el equilibrio logrado en el reparto: los veteranos nostálgicos volverán a encontrarse con Sylvester Stallone como el viejo Rocky, a Dolph Lundgren como el hermético Ivan Drago e incluso con Brigitte Nielsen en su papel de femme fataldel cruel orden exsoviético. Pero para asegurar la vitalidad del mito, las extraordinarias actuaciones de los protagonistas, Michael B. Jordan y Tessa Thompson (estos sí son grandes actores con mayúsculas) facilitan el camino a posibles nuevas entregas.

    Creed 2no solo no decepciona, sino que es una grata sorpresa para los amantes de la saga y para quienes disfrutan del cine predecible y de corte clásico. 

     

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  • Viernes, 29 Septiembre, 2017

    En su última película, Darren Aronofsky ha caído en la casi inevitable trampa/tentación que aguarda a los autores verdaderamente innovadores: dejarse arrastrar hasta los confines de su particular universo hasta romper todo vínculo con la comunicabilidad. A partir de esta premisa, es fácil comprender las extremas reacciones de un público bipolar ante la experiencia a la que invita ¡Madre!: una minoría se queda transida, mientras que otra parte sale irritada y haciendo aspavientos de la sala antes de que concluya la proyección. Es como si el director gritara: “¡Pasen y vean cuanto habita en mi psique, y admiren con cuánta fiabilidad transfiero mis emociones a la pantalla!”

     

    Es ¡Madre! un ejercicio cinematográfico virtuoso. Como cineasta, la película me mantuvo anclada a la butaca, superada por la capacidad de Aronofsky de recrear con medios audiovisuales el bucle, espeso, lógico y reiterativo, de sus obsesiones, de ese nudo gordiano sobre el que late su atractiva visión. Como espectadora, admito que el resultado es un auténtico desastre: en el primer tercio del filme vemos cómo la pareja formada por los actores Jennifer Lawrence y Javier Bardem se ve sobrepasada por la llegada de unos extraños visitantes. Esa maravillosa tensión creada en el primer tercio del filme se mantiene a duras penas en el segundo, envuelto en el desconcierto, y se disuelve en demencia en el tercero, cuando la película transita hasta el terreno surrealista y se desmorona en un ataque de diarrea visual. Los últimos treinta minutos son tediosa incontención, subordinada a unas intenciones metafóricas más propias de la poesía que del cine.

     

    No es esta una obra apta para todos los espectadores: habrá quienes la desprecien y quienes la adoren. Al fin y al cabo, ¡Madre! recoge la vivencia psicológica de un genio, Aronofsky, en el punto álgido de su ego, y expresa con detalle y de forma desinhibida cuantas certezas articulan su proceso de la creación. Solo en ese sentido unidireccional la cinta es un milagro. Con un Javier Bardem tan extraordinario que si sitúa ya fuera de los parámetros que bareman a los mejores actores, su encarnación del demiurgo quedará grabada en los anales de la historia del cine.

     

    Faltan las palabras, pues, para describir semejante proeza interpretativa, como apenas las hay para loar los exquisitos personajes encarnados por Ed Harris y Michelle Pfeiffer, capaces de dar vida a la pesadilla del director sin por ello desconectarse de la realidad.

     

    Con ¡Madre!, el director de Réquiem por un sueño, La fuente de la vida, El luchador, Cisne negro y Noé ha asumido un riesgo muy grande en su carrera. Si en un futuro cercano es capaz de regresar a su narrativa, viscosa y magnética, logrará recuperar el favor del público mayoritario, quien perdonará esta “debilidad” de genio. Desgraciadamente, muchos se quedan encallados tras ese salto mortal.

     

    Estamos atentos.

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  • Jueves, 6 Julio, 2017

    Se estrena en España con varios meses de retraso Día de patriotas, del veterano director Peter Berg (Único supervivienteMarea negraHancockLa sombra del reino) también productor de películas tan especiales como Comanchería y de series como The Leftovers. La cinta recoge las 77 horas que mediaron entre los bombardeos del Maratón de Boston y la captura de los terroristas.

    Es esta una película que difícilmente conectará con la audiencia española, ya que tanto su temática como su enfoque hacen lo contrario de lo que suelen las obras más caras de Hollywood: en vez de abrir el conflicto hasta hacerlo trascender a una perspectiva global, lo cierra hasta convertirlo en una oda a la heroicidad y entrega de los humildes habitantes de Boston. Tanto es así, que estrellas de la talla de Mark Wahlberg (actor y productor de la prolífica pareja creativa Berg-Wahlberg), John Goodman, J.K.. Simmons, Michelle Monaghan o Kevin Bacon se mueven por la pantalla bajo la discreta batuta de Berg con tal pericia que el espectador olvida que está viendo una superproducción. En su lugar, se ve imbuido con una nitidez documental en la tragedia vivida entre los días 15 y 19 de abril de 2013.

    Presentados todos los personajes –las víctimas mutiladas, las fuerzas de seguridad y los terroristas- desde las horas previas a las explosiones, el guión consigue hacernos entrar en la rutina de una comunidad cohesionada y optimista en un hermoso día de celebración. Cuando el acto caprichoso y frívolo de los hermanos Tsarnaev introduce una disrupción en la armonía de la pequeña ciudad, todos los habitantes se aprestan a colaborar hasta la eliminación de la amenaza. Los actos de heroicidad se limitan al compromiso de cada ciudadano con hacer lo correcto, anteponiendo el servicio a su comodidad, e incluso a su seguridad. Cada uno hace lo propio hasta el límite de sus posibilidades: el agente de policía Tommy Saunders (Wahlberg), que arrastra su cojera en una jornada en la que debería haber estado de baja, pero cuyo conocimiento de las calles de Boston permite a los detectives aislar el material recogido por las cámaras en un tiempo record para identificar a los criminales; el sargento Jeffrey Pugliese (Simmons), quien arriesga su vida para atrapar a los culpables justo antes de su inminente y merecida jubilación; el estudiante chino Dun Meng (Jimmy O. Yang), que escapa de sus captores y contribuye de forma decisiva a darles caza…

    Día de Patriotas es, por consiguiente, un ejercicio virtuoso sobre todo por lo que evita ser. Voluntariamente localista y consciente de que un atentado de tres víctimas (cuatro si contamos con uno de los terroristas) difícilmente podría erigirse en símbolo, rehúye la tentación de virar hacia el canto gratuitamente nacionalista o el ejercicio lacrimógeno. Coescrita por cinco guionistas y con un presupuesto de 45 millones de dólares, es la prueba palpable de que la industria cinematográfica puede hacer las cosas realmente bien pese a hacerlas a lo grande. En una época en la que se aplaude a las películas cuanto menor haya sido su presupuesto, es innegable que proyectos solventes, ambiciosos y dignos como este no serían posibles sin la fascinante maquinaria hollywoodiense.

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  • Viernes, 23 Junio, 2017

    Con tres semanas de retraso con respecto al estreno mundial llega a las pantallas españolas la segunda película de la directora Patty Jenkins (Monster, 2004), quien ha pasado trece años esperando una nueva oportunidad de demostrar su prodigiosa destreza para crear personajes veraces y profundos, dentro de una narrativa dinámica y adictiva. El guion, firmado por el productor televisivo Allan Heinberg, está erigido sobre una elegante interrelación entre mito e historia, lo que simplifica la diatriba bien-mal sin necesariamente resultar en un argumento ingenuo o estúpido, un peligro en el que han caído algunas cintas de súperhéroes.

     

    Es imposible subestimar la importancia de Wonder Woman dentro de la historia del arte contemporáneo: estamos ante el advenimiento de una nueva etapa en la tan ansiada igualdad de género, siendo el cine hoy en día uno de los medios de mayor impacto en la sociedad. No solo se trata de una historia más (creada en 1941) de la factoría DC Comics llevada a la gran pantalla: se trata del fin del prejuicio que disuadía a las productoras de poner en el centro de las tramas a un personaje femenino, y se trata de la consagración de un nuevo tipo de protagonista –mujer- con luces y sombras, capaz de evolucionar a lo largo de su travesía. Lo que la tetralogía de los Juegos del hambre inició en 2012 lo ha consagrado definitivamente esta película.

     

    El filme cuenta con pasajes rutilantes que se quedan grabados en la retina del público, como los que se desarrollan en la isla de Themyscira. Lo novedoso de la propuesta es que el atractivo, irresistible, de las amazonas reside en su dureza y en su poder, no en su dulzura ni en su vulnerabildad. Robin Wright, en el personaje de Antiope, tía de la princesa Diana, pese a aparecer unos pocos minutos en la pantalla, deja una huella indeleble. Por otra parte, divertida por obvia y también por audaz es la secuencia en la que una Diana Prince / Wonder Woman de incógnito y hasta con gafas–Gal Gadot- camina por el Londres Londres de la II Guerra Mundial junto a Steve Trevor –Chris Pine- y es atacada por unos criminales. La directora consigue emular, invirtiéndola con sutil ironía, la vieja escena de 1978 en la que Superman es atacado junto a Lois Lane en Metropolis.

     

    Wonder Woman es un producto sencillamente perfecto: reúne dosis de humor, acción, romance y suspense. Aunque el diseño de producción no es sobresaliente –a excepción de Themyscira- y a veces pesa demasiado tanta posproducción digital-, la muy trabajada dirección de actores (David Thewlis, Elena Anaya y Dany Huston encarnan magistralmente a los villanos) consigue dotar a la obra del suficiente peso como para que la audiencia atienda a los avatares de los personajes.

     

    No me cabe la menor duda de que en poco tiempo tendremos la siguiente entrega de las aventuras de esta entrañable y admirada heroína. La esperamos con ansia, con la certeza de que su presencia feminista en nuestro mundo, y su influencia en las mentes de nuestras niñas y niños, hará mucho, mucho bien.

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  • Viernes, 2 Junio, 2017

    Hoy se estrena La promesa (2016), el filme financiado enteramente (noventa millones de dólares) por el armenio-norteamericano Kirk Kerkorian, quien desgraciadamente murió un año antes de que concluyera la producción.

     

    La película narra las desventuras de tres personajes durante los últimos días del Imperio Otomano, cuando Mikael, un estudiante de medicina de origen armenio se enamora de Ana, una joven también armenia recién llegada de París, cuya pareja es Chris Myers, un audaz periodista norteamericano.

     

    Como es común en las obras concebidas al servicio de una idea, la película carece de fluidez y de naturalidad. El espectador no deja de ser consciente de estar asistiendo al desarrollo de un didáctico programa de concienciación histórica, en este caso acerca del genocidio armenio perpetrado por los turcos entre los años 1915 y 1917, y en el que fueron masacradas al menos un millón y medio de personas. Los protagonistas están diseñados burdamente; sus caracterizaciones, actos y diálogos supeditados a una función meramente dinámica dentro de la trama.

     

    Los guiones que funcionan suelen emanar de un hallazgo íntimo descubierto por el escritor, quien luego lo deposita sobre un contexto que lo dota de verdad y verosimilitud. El guión de Robin Swicord, reescrito por el director, parece haber sido compuesto como la ilustración de una tesis; pero por muy noble que sea una causa, las buenas intenciones no bastan para incitar emociones en una película.

     

    Es posible que el principal problema de la cinta sea la absoluta falta de química entre la pareja de enamorados compuesta por Oscar Isaac y Charlotte Le Bon. Todo lo conmovedoras que son las escenas entre la actriz francesa y Christian Bale, todo lo vacías de contenido sentimental que están las miradas y los besos entre ella y su amante. Esa falta de conexión entre los intérpretes desapega al espectador de los avatares del triángulo amoroso, despojando con ello al resultado de cualquier impacto emocional.

     

    El otro fallo, grave, de la producción reside en las localizaciones. La pretendida aldea armenia del comienzo está rodada en un coqueto pueblecito español, y hasta se ve la carpintería moderna de aluminio de las ventanas. Para atrezar el interior de las viviendas, el departamento de arte apiló cuantos trastos antiguos encontró a su paso, haciendo evidente lo falso de la situación. No es de extrañar que casi un año después de haber concluido el rodaje, ya en la sala de edición, el director se viera obligado a filmar de nuevo varias secuencias en Nueva York, y es probable que en esos “reshots” tuvieran que insertar una infame pantalla verde donde superpusieron chapuceramente el Bósforo.

     

    Dicho todo esto, merece la pena ir al cine a ver esta película, quien esto escribe es consciente de que su ojo crítico puede llegar a ser muy severo. La entidad del drama humano que representa es tan abrumadora, las actuaciones de Oscar Isaac, Charlotte Le Bon y Christian Bale tan potentes, y la fotografía de Javier Aguirresarobe tan bella (a excepción de la mencionada pantalla verde), que nadie se arrepentirá de invertir en el cine dos horas y cuarto de su tiempo. Lo más importante, es que aprenderá algo que todos los europeos debemos saber.

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  • Miércoles, 31 Mayo, 2017

    Cartel español de la película Norman, dirigida por Joseph Cedar

     

    El próximo viernes día 2 de junio se estrena Norman, subtitulada en español como  “El hombre que lo conseguía todo”, en su versión original “Moderado auge y trágica caída de un conseguidor neoyorquino”.

     

    La cinta narra las humillantes y paradójicas peripecias de Norman Oppenheimer, un pretendido hombre de negocios que logra entablar una relación de amistad con Micha Eshel, un prometedor político que, tres años más tarde, se convierte en el primer ministro de Israel. Con el advenimiento de Eshel al poder, Norman pasa a ser, sin pretenderlo, una figura influyente de la esfera política internacional.

     

    Dejando de lado su reparto de ensueño, tan del gusto del cine underground de la costa Este –Michael Sheen, Lior Ashkenazi, Steve Buscemi, Charlotte Gainsbourg, Dan Stevens, Hank Azaria, Scott Shepherd, Isaach De Bankolé-, el interés de la cinta reside en la filiación artística del enigmático protagonista, pariente cercano del mítico escribiente Bartleby de Melville, o de los personajes de las historias de Franz Kafka, de Saul Bellow y de Isaac Bashevis Singer en el terreno literario; descendiente claro en el celuloide del hilarante e impávido jardinero Mr. Chance de Being There, del simplón y adorable Forrest Gump, o de algunos sujetos de las comedias de Mel Brooks y los hermanos Cohen. No obstante, la incapacidad del personaje interpretado por Richard Gere para invocar simpatía o ternura en el espectador sitúa esta obra en las antípodas de sus referentes.

     

    En efecto, a diferencia de sus predecesoras, esta película fracasa a la hora de despertar interés por los avatares que le sobrevienen al obstinado Norman. Allá donde audiencia empatizaba genuinamente con Mr. Chance en una borrachera de incredulidad, curiosidad y admiración, la audiencia de Norman se aburre como una ostra. El principal motivo de que el filme no funcione no es el actor principal (quien guiado por el director consigue borrar todo rastro de psicologismo en su personaje), sino un guión que flirtea con la comedia sin abordarla y que olvida que, para que las historias resulten atractivas, sus héroes deben exhibir rasgos con los que de un modo u otro los espectadores nos podamos sentir identificados. Es posible que el empeño del director por subrayar las crecientes barreras culturales que separan a los judíos americanos (miembros de la diáspora) de los colonos de la Tierra Prometida le haya llevado a convertir a Norman en el mero arquetipo del amable y desprendido judío errante del folclore semita… y los arquetipos no transmiten emoción.

     

    Precisamente, si acaso, el secreto del éxito de personajes tan extremos e inusitados como Forrest Gump es que todos albergamos una parcela dentro de nosotros que podemos ver retratada en ellos: en la certeza de vivir a merced del destino, de no estar a la altura de las circunstancias, de ser tomados por quienes que no somos, de ser malinterpretados –para bien o para mal-… todos nosotros, al fin y al cabo, nos podemos ver ahí, y la magia de la ficción es que nos invita a transitar por un universo extraño pero verosímil, ya sea un espacio temido, deseado o secretamente invocado por nuestro afán.

     

    Desgraciadamente, el Norman de Joseph Cedar no logra invocar ninguna ensoñación íntima: despojado de biografía y de características propias, sin siquiera ser un fantasma o una máscara, el protagonista está totalmente vacío. Tal es el ahínco con el que el director y guionista construye a un individuo impertérrito y hueco, que no nos deja el más mínimo espacio para nuestra proyección. Así, pasados diez minutos de metraje lento e inhóspito, lo que le ocurre al judío neoyorquino nos importa, literalmente, un pito. Ni siquiera el encuentro de Norman con su doble (en el estrafalario personaje de Hank Azaria) ni la pretendida catarsis final logran borrar de la mente del espectador la certeza de que no ha invertido bien ni las dos últimas horas ni el precio de la entrada.

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  • Viernes, 16 Diciembre, 2016

     

    La nueva película del director británico David Mackenzie es una especie de reverso de No es país para viejos, de los hermanos Cohen. Y, una vez se ha visto Comanchería y se recuerda la otra a la luz del momento político que atravesamos, se comprende cuán odiosas son las comparaciones, en perjuicio en este caso de la obra de los Cohen.

     

    En contraste con los efectos artificiosos de los últimos, Mackenzie amplía la acuarela realista de la América blanca y desintegrada que comenzó Debra Granik en 2010 con su deslumbrante Lazos de sangre (la película que consagró a la joven Jennifer Lawrence). Por su parte, los actores Chris Pine y Ben Foster lo arriesgan todo y se alejan de sus registros habituales para encarnar a los hermanos Tanner de forma portentosa, y lo hacen sin apenas hablar, desplegando su expresión corporal suturada a una cámara y una iluminación croma que parece una segunda piel.

     

    Para Comanchería, Mackenzie ha encontrado en el guión de Taylor Sheridan (Sicario) el vehículo perfecto para recoger el conflicto más incardinado en las clases rurales de Norteamérica: la imposibilidad, tras la crisis de las subprime, no ya de sacar adelante la propia vida, sino de garantizar unas mínimas condiciones de supervivencia y opciones de futuro para los hijos. A la falta de recursos se une la aniquilación de la esperanza en unas sociedades aisladas, estériles y olvidadas por las autoridades estatales y federales. Quien haya viajado por los Estados Unidos saliéndose del circuito de las ciudades más importantes, sabrá que el principal problema del país es su extrema desigualdad, con bolsas de pobreza insalvables.

      

    El título original de la película es Hell or High Water, que viene a significar “pase lo que pase”, o “llueva o truene”…  y expresa la desesperación terminal que puede llevar a alguien como Toby Howard, un granjero de Texas, a asaltar junto a su hermano Tanner los mismos bancos que van a desahuciarle del rancho familiar –en cuyo subsuelo se sospecha hay petróleo-. Mientras llevan a cabo esa forma de justicia poética en medio de un desierto salpicado de pequeños y decadentes núcleos urbanos, el espectador se asoma a las vidas de los forajidos y de sus perseguidores –dos policías interpretados por Jeff Bridges y Gin Birmingham-, hasta un desenlace que recuerda mucho al de la Ilíada, con dos adversarios frente a frente que se reconocen en su pérdida y en su mutua humanidad.

     

    Lo más sobresaliente de esta película es que cada personaje se revela a través de sus relaciones con los otros, de manera que las emociones se nutren de miradas, pausas e introspecciones; en este sentido, el espectador podría ver la película con el sonido “muteado” y no se perdería absolutamente nada. Tal es el logro del tándem Mackenzie-Taylor: escoger algo obvio, analizarlo en toda su complejidad y mostrarlo con unos pocos trazos simples. Y esa es sin duda la marca del buen cine. 

    Comanchería ( Hell or High Water ) - Trailer español

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