Irene Zoe Alameda

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  • Viernes, 6 Septiembre, 2019

    Siete años ha tardado Anthony Maras en dar el salto al largometraje después de su rutilante corto Palace, hasta el punto de que el francés Nicolas Saada se le adelantó con su notable Taj Mahal, también centrada en los salvajes ataques terroristas de Bombay de 2008, que acabaron con la vida de 170 personas.

     

    Siguiendo la senda explorada en su trabajo previo, Maras revive la cadena de atentados de manera poliédrica, desde numerosísimos puntos de vivencia que recogen no solo a las víctimas –unas se salvarán, otras no- y a los verdugos –auténticos imbéciles ignorantes y sanguinarios-, sino incluso también a las fuerzas del orden –personajes a medio camino entre la comedia ramplona y el drama heroico-, los (ir)responsables políticos y los rapiñeros medios de comunicación.

     

    Es precisamente a causa de ese intento megalómano de incluir información hasta más allá de lo narrativamente posible, que la película pierde la cohesión hasta quedar despojada de cualquier rastro de emotividad. De hecho, cuando en el último tercio del metraje se intenta crear impacto dejando morir a uno de esos personajes “compuestos” –no poseen correlatos absolutos en la realidad, sino que son construcciones de guion- lo que parecía un docudrama hiperrealista salta sin éxito al género del suspense de forma abrupta y casi desquiciante.

     

    Dicho esto, la cinta exhibe momentos de brillantez técnica, especialmente en las áreas de cámara, fotografía y etalonaje –a cargo de Nick Remy Matthews-, postproducción, y sobre todo diseño de producción, repartido entre Adelaida (Australia) y Bombay (India). Además, cuenta con un reparto internacional tan variado y caótico como sus premisas estructurales: el británico-indio Dev Patel -como humilde y heroico camarero sij-, el norteamericano Armie Hammer y la británico-estadounidense-iraní Nazanin Boniadi –como pareja mixta con un bebé y su nani de visita en el Taj Mahal Palace Hotel-, el británico Jason Isaacs –como millonario ruso adicto a la prostitución-, el indio Anupam Kher –como bondadoso y entregado jefe de cocina-…

     

    En términos generales, la cinta envuelve al espectador con una rara mezcla de exuberancia de súperproducción y toques de cine indie, y lo introduce en el desconcierto de la aterradora lotería de vida y muerte que supone cualquier ataque terrorista. Al concluir, no obstante, se siente una punzada de vacío que cabría atribuir tanto al absurdo evocado en la gran pantalla, como al fracaso que siempre supone una película que finalmente no cumple las expectativas.

     

    www.irenezoealameda.com

    Publicado en:

    El Cotidiano

  • Viernes, 6 Septiembre, 2019

    Cartel de la película Hotel Bombay

    Siete años ha tardado Anthony Maras en dar el salto al largometraje después de su rutilante corto Palace, hasta el punto de que el francés Nicolas Saada se le adelantó con su notable Taj Mahal, también centrada en los salvajes ataques terroristas de Bombay de 2008, que acabaron con la vida de 170 personas.

     

    Siguiendo la senda explorada en su trabajo previo, Maras revive la cadena de atentados de manera poliédrica, desde numerosísimos puntos de vivencia que recogen no solo a las víctimas –unas se salvarán, otras no- y a los verdugos –auténticos imbéciles ignorantes y sanguinarios-, sino incluso también a las fuerzas del orden –personajes a medio camino entre la comedia ramplona y el drama heroico-, los (ir)responsables políticos y los rapiñeros medios de comunicación.

     

    Es precisamente a causa de ese intento megalómano de incluir información hasta más allá de lo narrativamente posible, que la película pierde la cohesión hasta quedar despojada de cualquier rastro de emotividad. De hecho, cuando en el último tercio del metraje se intenta crear impacto dejando morir a uno de esos personajes “compuestos” –no poseen correlatos absolutos en la realidad, sino que son construcciones de guion- lo que parecía un docudrama hiperrealista salta sin éxito al género del suspense de forma abrupta y casi desquiciante.

     

    Dicho esto, la cinta exhibe momentos de brillantez técnica, especialmente en las áreas de cámara, fotografía y etalonaje –a cargo de Nick Remy Matthews-, postproducción, y sobre todo diseño de producción, repartido entre Adelaida (Australia) y Bombay (India). Además, cuenta con un reparto internacional tan variado y caótico como sus premisas estructurales: el británico-indio Dev Patel -como humilde y heroico camarero sij-, el norteamericano Armie Hammer y la británico-estadounidense-iraní Nazanin Boniadi –como pareja mixta con un bebé y su nani de visita en el Taj Mahal Palace Hotel-, el británico Jason Isaacs –como millonario ruso adicto a la prostitución-, el indio Anupam Kher –como bondadoso y entregado jefe de cocina-…

     

    En términos generales, la cinta envuelve al espectador con una rara mezcla de exuberancia de súperproducción y toques de cine indie, y lo introduce en el desconcierto de la aterradora lotería de vida y muerte que supone cualquier ataque terrorista. Al concluir, no obstante, se siente una punzada de vacío que cabría atribuir tanto al absurdo evocado en la gran pantalla, como al fracaso que siempre supone una película que finalmente no cumple las expectativas.

     

    www.irenezoealameda.com

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    Culturamas

  • Viernes, 30 Agosto, 2019

    Luc Besson nos trae en Anna su blockbuster anual, una reformulación perfeccionada de la somnífera Gorrión Rojo, en casi dos horas de acción vertiginosa por parte de una preciosa muchacha rusa dando mamporros a cuantos varones se le cruzan por delante.

     

    El director, productor y guionista francés, autor de obras geniales como Leon: el profesionalNikita El quinto elemento, mantiene en esta nueva película el listón alto dentro de un género en el que se mueve como pez en el agua, y del que ha sido un gran innovador. 

     

    En esta ocasión no se ha complicado demasiado, pues echa mano de la receta que le situó en el Olimpo de los directores en el año 1990: chica joven caída en desgracia es redimida, enderezada y convertida en súper-asesina por un Pigmalión que, aparte de ser su viejo mentor, se convierte en un amante dispuesto a utilizar cuantas armas de extorsión le hagan falta para mantener controlada a su presa. 

     

    Desde los primeros minutos, en los que suena la música de Éric Serra, el compositor de cabecera de Besson, se tiene la certeza de que éste ha cogido su viejo guión de hace ya casi treinta años y se ha limitado a cambiar los nombres, los topónimos y algún que otro detallito: donde ponía Nikita ahora debemos leer Anna, y donde ponía Bob ahora pone Alex; ha sustituido Francia por Rusia; donde veíamos un robo en una farmacia, ahora asistimos a un robo en un cajero… Empeñado, como evidentemente estaba el director, en contar con la top model Sasha Luss para el papel protagonista, sabiamente supo compensar su inexpresividad y manifiesta inexperiencia con actores de la talla de Luke Evans, Cillian Murphy y Hellen Mirren.

     

    Y sin embargo, por muy evidente que sean sus trucos, nada entorpece el disfrute del film. Con un ritmo endiablado y una estructura perfeccionada en cuanto a tiempos por secciones narrativas se refiere, Anna es una lección de cine de entretenimiento, ese que tanto se agradece cuando se quiere pasar un rato divertido devorando un (carísimo) cubo de palomitas.

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    Culturamas

  • Jueves, 29 Agosto, 2019

    Luc Besson nos trae en Anna su blockbuster anual, una reformulación perfeccionada de la somnífera Gorrión Rojo, en casi dos horas de acción vertiginosa por parte de una preciosa muchacha rusa dando mamporros a cuantos varones se le cruzan por delante.

     

    El director, productor y guionista francés, autor de obras geniales como Leon: el profesionalNikita El quinto elemento, mantiene en esta nueva película el listón alto dentro de un género en el que se mueve como pez en el agua, y del que ha sido un gran innovador. 

     

    En esta ocasión no se ha complicado demasiado, pues echa mano de la receta que le situó en el Olimpo de los directores en el año 1990: chica joven caída en desgracia es redimida, enderezada y convertida en súper-asesina por un Pigmalión que, aparte de ser su viejo mentor, se convierte en un amante dispuesto a utilizar cuantas armas de extorsión le hagan falta para mantener controlada a su presa. 

     

    Desde los primeros minutos, en los que suena la música de Éric Serra, el compositor de cabecera de Besson, se tiene la certeza de que éste ha cogido su viejo guión de hace ya casi treinta años y se ha limitado a cambiar los nombres, los topónimos y algún que otro detallito: donde ponía Nikita ahora debemos leer Anna, y donde ponía Bob ahora pone Alex; ha sustituido Francia por Rusia; donde veíamos un robo en una farmacia, ahora asistimos a un robo en un cajero… Empeñado, como evidentemente estaba el director, en contar con la top model Sasha Luss para el papel protagonista, sabiamente supo compensar su inexpresividad y manifiesta inexperiencia con actores de la talla de Luke Evans, Cillian Murphy y Hellen Mirren.

     

    Y sin embargo, por muy evidente que sean sus trucos, nada entorpece el disfrute del film. Con un ritmo endiablado y una estructura perfeccionada en cuanto a tiempos por secciones narrativas se refiere, Anna es una lección de cine de entretenimiento, ese que tanto se agradece cuando se quiere pasar un rato divertido devorando un (carísimo) cubo de palomitas.

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    El Cotidiano

  • Martes, 16 Julio, 2019

    Cartel de la película Apollo 11

     

    El día 20 de julio se celebrará la llegada del hombre a la luna, y por ello durante apenas cuatro días algunas salas españolas están proyectando la magnífica Apollo 11 de Todd Douglas Miller.

     

    Editada exclusivamente por el director a partir de más de 500 carretes de filme procedentes de 1969, gran parte de él rodado en 70mm por la NASA y digitalizado a lo largo de seis meses, la película constituye una cápsula temporal a través de la cual la audiencia se traslada a los nueve días que duró la misión, comenzando con el transporte del monumental cohete Saturn V a su lugar de lanzamiento, para meternos en la sala de control de la Tierra y en el interior de la nave Columbia y el módulo lunar Eagle, pasando por las afueras de Cabo Cañaveral y vivir en directoel lanzamiento escuchando las retransmisiones radiofónicas y televisivas bajo el calor, la euforia y la expectación de un momento único en la historia de la humanidad.

     

    Como buen documentalista, que a menudo reflexiona sobre el intenso esfuerzo que requiere la investigación, Douglas Miller no solo condensó todo el material visual en un primer corte de 24 horas, sino que buceó en más de 11.000 horas de audios y consultó con las familias de los astronautas, y sobre todo con los protagonistas aún vivos de la misión: Michael Collins y Buzz Aldrin. Ese esmero en la preproducción le ha permitido incluir preciosas e inéditas porciones de metraje y sonido (a cargo de Eric Milano), como los disímiles ritmos cardiacos de los astronautas y el singular punto de vista de Michael Collins.

     

    La película sobre todo subraya la magnitud del logro del alunizaje por una nave tripulada hace cincuenta años al hacer patente que, de entre todas las posibilidades, la de éxito era altamente improbable. Y, en consonancia con lo prodigioso del asunto que trata –el triunfo de una ciencia y técnicas primitivas a hombros de un enorme y complejo equipo humano- la experiencia cinematográfica que ofrece es extraordinaria y abrumadora. Con una calidad fotográfica casi indescriptible, con efectivas animaciones y con imágenes en pantalla dividida, al verla a veces olvidamos probablemente lo más admirable: pese a no tratarse de cine narrativo y constar únicamente de las comunicaciones entre los astronautas y la sala de control, las voces de los periodistas y las imágenes de la gente agolpada en torno al Centro Espacial, la audiencia de hoy revive activamente y con total naturalidad el acontecimiento que está teniendo lugar ante sus ojos.

     

    No cabe duda de que Apollo 11es una celebración de la trigonometría y de la capacidad de la inteligencia y el ingenio humanos. Pero, ante todo, y de ahí se desprende la irrefrenable emoción que despierta, es un bellísimo viaje en el tiempo.

    Publicado en:

    El Cotidiano

  • Martes, 16 Julio, 2019

    Cartel de la película Apollo 11

    El día 20 de julio se celebrará la llegada del hombre a la luna, y por ello durante apenas cuatro días algunas salas españolas están proyectando la magnífica Apollo 11  de Todd Douglas Miller.

     

    Editada exclusivamente por el director a partir de más de 500 carretes de filme procedentes de 1969, gran parte de él rodado en 70mm por la NASA y digitalizado a lo largo de seis meses, la película constituye una cápsula temporal a través de la cual la audiencia se traslada a los nueve días que duró la misión, comenzando con el transporte del monumental cohete Saturn V a su lugar de lanzamiento, para meternos en la sala de control de la Tierra y en el interior de la nave Columbia y el módulo lunar Eagle, pasando por las afueras de Cabo Cañaveral y vivir en directoel lanzamiento escuchando las retransmisiones radiofónicas y televisivas bajo el calor, la euforia y la expectación de un momento único en la historia de la humanidad.

     

    Como buen documentalista, que a menudo reflexiona sobre el intenso esfuerzo que requiere la investigación, Douglas Miller no solo condensó todo el material visual en un primer corte de 24 horas, sino que buceó en más de 11.000 horas de audios y consultó con las familias de los astronautas, y sobre todo con los protagonistas aún vivos de la misión: Michael Collins y Buzz Aldrin. Ese esmero en la preproducción le ha permitido incluir preciosas e inéditas porciones de metraje y sonido (a cargo de Eric Milano), como los disímiles ritmos cardiacos de los astronautas y el singular punto de vista de Michael Collins.

     

    La película sobre todo subraya la magnitud del logro del alunizaje por una nave tripulada hace cincuenta años al hacer patente que, de entre todas las posibilidades, la de éxito era altamente improbable. Y, en consonancia con lo prodigioso del asunto que trata –el triunfo de una ciencia y técnicas primitivas a hombros de un enorme y complejo equipo humano- la experiencia cinematográfica que ofrece es extraordinaria y abrumadora. Con una calidad fotográfica casi indescriptible, con efectivas animaciones y con imágenes en pantalla dividida, al verla a veces olvidamos probablemente lo más admirable: pese a no tratarse de cine narrativo y constar únicamente de las comunicaciones entre los astronautas y la sala de control, las voces de los periodistas y las imágenes de la gente agolpada en torno al Centro Espacial, la audiencia de hoy revive activamente y con total naturalidad el acontecimiento que está teniendo lugar ante sus ojos.

     

    No cabe duda de que Apollo 11es una celebración de la trigonometría y de la capacidad de la inteligencia y el ingenio humanos. Pero, ante todo, y de ahí se desprende la irrefrenable emoción que despierta, es un bellísimo viaje en el tiempo.

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    Culturamas

  • Jueves, 31 Enero, 2019

    Cartel de la película Creed 2, de Steven Caple Jr

    Por fin llega a nuestras carteleras la segunda parte de Creed, la nueva saga sobre el mundo del boxeo destinada a formar parte de la filmoteca de los nacidos en los años noventa del pasado siglo. Creed 2 recoge la tradición iniciada hace 42 años por Rocky, al tiempo que se convierte en algo nuevo y atractivo. El secreto de la longevidad de la serie de Rocky Balboa, ahora continuada por Adonis Creed, reside en unos guiones capaces de incorporar capas de dramatismo a una historia aparentemente simple en su diseño.

    La primera entrega, firmada por Ryan Coogley, logró reformular el mito de Rocky actualizando sus principales elementos: el aspirante italoamericano, pobre y sin ninguna posibilidad, se convierte ahora en un muchacho afroamericano acomodado y heredero natural al trono del boxeo, pero aplastado por la responsabilidad y el deber hacia la
    memoria de su padre; la novia del héroe ya no es una dulce joven dócil y abnegada, sino una artista fuerte que se relaciona en términos de igualdad con su pareja; la geo-política de la guerra fría que impregna todas las películas de Rocky, en especial Rocky IV, ha permutado en sus devastadoras consecuencias a nivel individual y familiar, y a través del personaje de Ivan Drago y de su hijo Viktor funciona como catalizador para la peripecia de Creed 2.

    Es probable que parte del éxito de esta cinta resida en el guion, como si todo un curso de estructuras narrativas hubiera sido compactado de forma brillante por los guionistas Juel Taylor y Sylvester Stallone. Así, Adonis Creed se enfrentará a un adversario imponente, el hijo del hombre que mató a su padre en el ring, y para hacerlo tendrá que emprender un viaje y renacer física y espiritualmente; y precisamente haciéndolo optará a conquistar la gloria, pero en sus propios términos. Para Creed 2 Coogley, ahora productor ejecutivo, ha dado paso a su compañero de promoción en la Universidad de South Carolina, Steven Caple Jr, quien con una dirección detallista, exuberante en planos y de montaje ágil refresca elementos clásicos del género, dotando de emoción y veracidad un material que, de entrada, no tenía garantizado convertirse en una gran película.

    En esta producción exquisita, volcada en complacer al público mayoritario sin caer en lo simple, destaca el equilibrio logrado en el reparto: los veteranos nostálgicos volverán a encontrarse con Sylvester Stallone como el viejo Rocky, a Dolph Lundgren como el hermético Ivan Drago e incluso con Brigitte Nielsen en su papel de femme fatal del cruel orden exsoviético. Pero para asegurar la vitalidad del mito, las extraordinarias actuaciones de los protagonistas, Michael B. Jordan y Tessa Thompson (estos sí son grandes actores con mayúsculas) facilitan el camino a posibles nuevas entregas.

    Creed 2 no solo no decepciona, sino que es una grata sorpresa para los amantes de la saga y para quienes disfrutan del cine predecible y de corte clásico.

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    Culturamas

  • Viernes, 25 Enero, 2019

    Cartel de Creed 2, de Steven Caple Jr.

     

    Por fin llega a nuestras carteleras la segunda parte de Creed, la nueva saga sobre el mundo del boxeo destinada a formar parte de la filmoteca de los nacidos en los años noventa del pasado siglo. 

    Creed 2 recoge la tradición iniciada hace cuarenta y dos años por Rocky, al tiempo que se convierte en algo nuevo y atractivo. El secreto de la longevidad de la serie de Rocky Balboa, ahora continuada por Adonis Creed, reside en unos guiones capaces de incorporar capas de dramatismo a una historia aparentemente simple en su diseño. 

    La primera entrega, firmada por Ryan Coogley, logró reformular el mito de Rocky actualizando sus principales elementos: el aspirante italoamericano,pobre y sin ninguna posibilidad, se convierte ahora en un muchacho afroamericanoacomodado y heredero natural al trono del boxeo, pero aplastado por la responsabilidad y el deber hacia la memoria de su padre; la novia del héroe ya no es una dulce joven dócil y abnegada, sino una artista fuerte que se relaciona en términos de igualdad con su pareja; la geo-política de la guerra fría que impregna todas las películas de Rocky, en especial Rocky IV, ha permutado en sus devastadoras consecuencias a nivel individual y familiar, y a través del personaje de Ivan Drago y de su hijo Viktor funciona como catalizador para la peripecia de Creed 2.

    Es probable que parte del éxito de esta cinta resida en el guion, como si todo un curso de estructuras narrativas hubiera sido compactado de forma brillante por los guionistas Juel Taylor y Sylvester Stallone. Así, Adonis Creed se enfrentará a un adversario imponente, el hijo del hombre que mató a su padre en el ring, y para hacerlo tendrá que emprender un viaje y renacer física y espiritualmente; y precisamente haciéndolo optará a conquistar la gloria, pero en sus propios términos. 

    Para Creed 2 Coogley, ahora productor ejecutivo, ha dado paso a su compañero de promoción en la Universidad de South Carolina, Steven Caple Jr., quien con una dirección detallista, exuberante en planos y de montaje ágil refresca elementos clásicos del género, dotando de emoción y veracidad un material que, de entrada, no tenía garantizado convertirse en una gran película. 

    En esta una producción exquisita, volcada en complacer al público mayoritario sin caer en lo simple, destaca el equilibrio logrado en el reparto: los veteranos nostálgicos volverán a encontrarse con Sylvester Stallone como el viejo Rocky, a Dolph Lundgren como el hermético Ivan Drago e incluso con Brigitte Nielsen en su papel de femme fataldel cruel orden exsoviético. Pero para asegurar la vitalidad del mito, las extraordinarias actuaciones de los protagonistas, Michael B. Jordan y Tessa Thompson (estos sí son grandes actores con mayúsculas) facilitan el camino a posibles nuevas entregas.

    Creed 2no solo no decepciona, sino que es una grata sorpresa para los amantes de la saga y para quienes disfrutan del cine predecible y de corte clásico. 

     

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    El Cotidiano

  • Viernes, 29 Septiembre, 2017

    En su última película, Darren Aronofsky ha caído en la casi inevitable trampa/tentación que aguarda a los autores verdaderamente innovadores: dejarse arrastrar hasta los confines de su particular universo hasta romper todo vínculo con la comunicabilidad. A partir de esta premisa, es fácil comprender las extremas reacciones de un público bipolar ante la experiencia a la que invita ¡Madre!: una minoría se queda transida, mientras que otra parte sale irritada y haciendo aspavientos de la sala antes de que concluya la proyección. Es como si el director gritara: “¡Pasen y vean cuanto habita en mi psique, y admiren con cuánta fiabilidad transfiero mis emociones a la pantalla!”

     

    Es ¡Madre! un ejercicio cinematográfico virtuoso. Como cineasta, la película me mantuvo anclada a la butaca, superada por la capacidad de Aronofsky de recrear con medios audiovisuales el bucle, espeso, lógico y reiterativo, de sus obsesiones, de ese nudo gordiano sobre el que late su atractiva visión. Como espectadora, admito que el resultado es un auténtico desastre: en el primer tercio del filme vemos cómo la pareja formada por los actores Jennifer Lawrence y Javier Bardem se ve sobrepasada por la llegada de unos extraños visitantes. Esa maravillosa tensión creada en el primer tercio del filme se mantiene a duras penas en el segundo, envuelto en el desconcierto, y se disuelve en demencia en el tercero, cuando la película transita hasta el terreno surrealista y se desmorona en un ataque de diarrea visual. Los últimos treinta minutos son tediosa incontención, subordinada a unas intenciones metafóricas más propias de la poesía que del cine.

     

    No es esta una obra apta para todos los espectadores: habrá quienes la desprecien y quienes la adoren. Al fin y al cabo, ¡Madre! recoge la vivencia psicológica de un genio, Aronofsky, en el punto álgido de su ego, y expresa con detalle y de forma desinhibida cuantas certezas articulan su proceso de la creación. Solo en ese sentido unidireccional la cinta es un milagro. Con un Javier Bardem tan extraordinario que si sitúa ya fuera de los parámetros que bareman a los mejores actores, su encarnación del demiurgo quedará grabada en los anales de la historia del cine.

     

    Faltan las palabras, pues, para describir semejante proeza interpretativa, como apenas las hay para loar los exquisitos personajes encarnados por Ed Harris y Michelle Pfeiffer, capaces de dar vida a la pesadilla del director sin por ello desconectarse de la realidad.

     

    Con ¡Madre!, el director de Réquiem por un sueño, La fuente de la vida, El luchador, Cisne negro y Noé ha asumido un riesgo muy grande en su carrera. Si en un futuro cercano es capaz de regresar a su narrativa, viscosa y magnética, logrará recuperar el favor del público mayoritario, quien perdonará esta “debilidad” de genio. Desgraciadamente, muchos se quedan encallados tras ese salto mortal.

     

    Estamos atentos.

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    El Cotidiano

  • Jueves, 6 Julio, 2017

    Se estrena en España con varios meses de retraso Día de patriotas, del veterano director Peter Berg (Único supervivienteMarea negraHancockLa sombra del reino) también productor de películas tan especiales como Comanchería y de series como The Leftovers. La cinta recoge las 77 horas que mediaron entre los bombardeos del Maratón de Boston y la captura de los terroristas.

    Es esta una película que difícilmente conectará con la audiencia española, ya que tanto su temática como su enfoque hacen lo contrario de lo que suelen las obras más caras de Hollywood: en vez de abrir el conflicto hasta hacerlo trascender a una perspectiva global, lo cierra hasta convertirlo en una oda a la heroicidad y entrega de los humildes habitantes de Boston. Tanto es así, que estrellas de la talla de Mark Wahlberg (actor y productor de la prolífica pareja creativa Berg-Wahlberg), John Goodman, J.K.. Simmons, Michelle Monaghan o Kevin Bacon se mueven por la pantalla bajo la discreta batuta de Berg con tal pericia que el espectador olvida que está viendo una superproducción. En su lugar, se ve imbuido con una nitidez documental en la tragedia vivida entre los días 15 y 19 de abril de 2013.

    Presentados todos los personajes –las víctimas mutiladas, las fuerzas de seguridad y los terroristas- desde las horas previas a las explosiones, el guión consigue hacernos entrar en la rutina de una comunidad cohesionada y optimista en un hermoso día de celebración. Cuando el acto caprichoso y frívolo de los hermanos Tsarnaev introduce una disrupción en la armonía de la pequeña ciudad, todos los habitantes se aprestan a colaborar hasta la eliminación de la amenaza. Los actos de heroicidad se limitan al compromiso de cada ciudadano con hacer lo correcto, anteponiendo el servicio a su comodidad, e incluso a su seguridad. Cada uno hace lo propio hasta el límite de sus posibilidades: el agente de policía Tommy Saunders (Wahlberg), que arrastra su cojera en una jornada en la que debería haber estado de baja, pero cuyo conocimiento de las calles de Boston permite a los detectives aislar el material recogido por las cámaras en un tiempo record para identificar a los criminales; el sargento Jeffrey Pugliese (Simmons), quien arriesga su vida para atrapar a los culpables justo antes de su inminente y merecida jubilación; el estudiante chino Dun Meng (Jimmy O. Yang), que escapa de sus captores y contribuye de forma decisiva a darles caza…

    Día de Patriotas es, por consiguiente, un ejercicio virtuoso sobre todo por lo que evita ser. Voluntariamente localista y consciente de que un atentado de tres víctimas (cuatro si contamos con uno de los terroristas) difícilmente podría erigirse en símbolo, rehúye la tentación de virar hacia el canto gratuitamente nacionalista o el ejercicio lacrimógeno. Coescrita por cinco guionistas y con un presupuesto de 45 millones de dólares, es la prueba palpable de que la industria cinematográfica puede hacer las cosas realmente bien pese a hacerlas a lo grande. En una época en la que se aplaude a las películas cuanto menor haya sido su presupuesto, es innegable que proyectos solventes, ambiciosos y dignos como este no serían posibles sin la fascinante maquinaria hollywoodiense.

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    El Cotidiano