Irene Zoe Alameda

Politics and Prose

In this blog, the author Irene Zoe Alameda initiates a journey towards Los Gatos, California, a dreamed place that turned out to be real.
As she wanders across the roads, she will observe and depict the world as it becomes somedays lighter, somedays entirely obscure.

Español

Como los perros escrupulosamente separados en razas en los primeros treinta siglos de la última civilización, los seres humanos de los siglos posteriores se fueron reagrupando conforme la melancolía contaminó de forma definitiva a la especie. Del mismo modo que los animales domésticos habían sido encerrados en líneas genéticas mediante la endogamia, proceso que permitía predeterminar sin margen de error la apariencia, el tipo de comportamiento y la longevidad de los sujetos, los animales humanos se reagruparon en colores, estaturas y temperamentos.

Todo el mestizaje de tiempos pasados quedó atrás. Y sin él, la falta de creatividad y la ausencia de progreso fagocitaron la vida.

-       Qué bien que te hayas venido a vivir a EE UU, ¡así podré ver crecer a tu hijito!

-       Tenía como objetivo trabajar aquí desde que te visité cuando estudiabas en Columbia, ¿te acuerdas de que me dejaste leer el manuscrito de tu primera novela?

-       Es verdad, la de páginas que han pasado desde entonces.

-       Has escrito tanto que ni siquiera recuerdo muy bien de qué iba; sí  que me impactó.

-       ¿Y ya tienes pensado cómo vas a llamar al bebé?

-       Pues me pasa una cosa muy rara: se me viene a la cabeza una y otra vez el nombre de “Teo”. Me hace ilusión imaginarme a mi hijo diciendo? “Soy Teo”, no sé por qué…


NOTA: El comienzo de Sueños itinerantes, mi primera novela, es éste:

Comienzo de Sueños itinerantes

“Ay, tienes muchas ojeras, sobrinita”

“No, querida tía: sólo tengo dos”.

 

Era el modo habitual de iniciar los reencuentros con mi tía Malena desde que cumplí los doce años, y ella consideró que yo ya era una adulta con la que desahogarse.

 

Otras veces me decía: “Tienes el pelo demasiado largo para una chica de veinte años” o, más adelante, “Vaya, ya te veo como mayor, ya eres una mujer mayor.”

 

Como era peluquera, mientras yo se lo permití ensayó sus cortes de pelo en mi cabeza. En una ocasión, la tarde en que yo iba a ser presentada a los amigos de mi novio, quiso arreglarme para que yo les causara mejor impresión y me cortó el flequillo a ras de raíz. Ninguno de los amigos felicitó a mi novio por haberse ligado a una chica tan guapa, aunque sí le dijeron que parecía una “persona especial”.

 

Cuando se empeñó en peinarme el día de mi boda, y me negué en redondo, la ruptura entre ambas se tornó inevitable.

 

MI MADRE

 

Me casé con un enano chiquitín ♫ ♩

pa’ jartarme de reír.

 

MI PADRE

 

Pero si tú y yo medimos lo mismo.

 

 

-        Pero, ¡¿cómo no te voy a querer, si eres mi hija?!

-        Claro, mamá, yo también te quiero: siempre has sido como una madre para mí.

-       ¡Qué bien que has venido a verme! Te quiero mostrar a mi nueva mascota.

-       ¡Qué preciosidad! ¿Cuánto tiempo tiene?

-       2 años, antes no los dan porque necesitan estar con la nodriza para sobrevivir.

-       ¡Qué chiquitito es! ¿Es varón o hembra?

-       Creo que varón, eso me han dicho.

-       He oído que con la edad se vuelven peludos.

-       Sí, pero más los machos que las hembras.

-       ¡Ay! ¿Por qué hace esos ruidos?

-       No sé, debe ser el cambio de ambiente. Me han dicho que le quite la luz después de 14 horas, para que se duerma. ¿Tienes sueño, chiquitín? Apenas ha comido…

-       Será que está desorientado. Tendrá que acostumbrarse a su nueva casa.

-       ¿Por qué estás tan antipático? Deja de gruñir… Acaríciale la panza, mira…

-       Uy sí, parece que le gusta. ¿Se acaba de hacer caca?

-       Sí, pero con la paja que le he puesto debajo del asiento, no hace falta estarle cambiando todo el tiempo. ¡No veas la de veces que mea, lo menos 8 veces al día!

-       ¿Y no le puedes restringir el agua?

-       Parece que se mueren antes.

-       Yo le veo muy a gusto, muy bien instalado ahí: con el bebedero al lado de la boca, amarradito a la silla con su letrina debajo… Pues está de lo más feliz.

-       ¿Y te has fijado en lo cómoda que es la jaula? Tiene ruedas y así sólo tengo que quitarle el freno para sacarlo al aire libre por las tardes.

-       Pero no será obligatorio sacarlo todos los días…

-       Bueno, no, claro. Es un decir. Para eso tiene la luz, para evitarme sacarlo a diario.

-       ¿Y cuánto viven estas mascotas?

-       Pues… los seres humanos viven entre 10 y 12 años.

 

ENTREVISTA A GLORIA GERVITZ[1]

Por Irene Zoe Alameda

GervitzXAlameda

Gloria Gervitz, en un momento de la entrevista con Irene Zoe Alameda ©IRENE ZOE ALAMEDA


He sido una de las pocas lectoras que han tenido el privilegio de conocer la poesía de Gloria Gervitz (México, 1943) a través de su creadora. Escribo “una de las pocas lectoras” desde la certeza de que sus lectores serán más y más conforme pasen las décadas, pues la obra de Gervitz es el prodigio literario de una voz incardinada en la sensualidad más animal, a través de la cual fluye un discurso mítico recogido en una especie de memoria ancestral.

 

Cuando escuché su poesía en una de sus lecturas públicas, sufrí una conmoción en la que mi intelecto quedó despojado de su seguridad, a la vez recogido por emociones atávicas. Recordé que sólo había experimentado una sensación similar cuando me adentré en la adolescencia en la lectura de Federico García Lorca y comprendí que, en ocasiones, son los ángeles, o las musas, quienes susurran sus palabras a sus médiums. Únicamente la poesía puede despojarte de lo que sabes y a la vez reconfortarte sin temor en la fraternidad de reencontrarte en un todo indescifrable e inmenso.

 

En aquella lectura, la poeta leía como si ella careciese de voz y de cuerpo, y el auditorio -yo parte de él- durante algunos instantes fue una entidad sin oídos, sin biografía, sin memoria. Quienes la escuchamos esa tarde fuimos receptores de una verdad y de una belleza que no podríamos entender.

 


 

Migraciones es su única obra, aún en proceso, a la que Gloria Gervitz le ha dedicado su vida. Al igual que Elizabeth Costello, el personaje de Coetzee de su novela homónima, Gervitz se ha puesto a disposición de “lo Invisible”, atenta a su dictado, preparada para transcribir cuanto éste le dicte, donde y cuando sea.

 


 

En cuanto se me presentó la ocasión, le solicité un encuentro que quedó grabado en un vídeo publicado por mí en youtube y accesible en mi página web[2]. La transcripción de aquella conversación sobre su trabajo y su obra queda recogida aquí.

 


 

En las migraciones de los claveles rojos donde revientan cantos de aves picudas

y se pudren las manzanas antes del desastre

Ahí donde las mujeres se palpan los senos y se tocan el sexo

en el sudor de los polvos de arroz y de la hora del té… [3]

 

 

Estamos en la casa de Jonas y Maria Modig. Jonas fue el director de la editorial Wahlström & Widstrand, la editorial sueca que ha publicado Migraciones (Migrationer) en edición bilingüe en su totalidad, tal y como está.

La editorial tenía su aniversario de 150 años y decidió iniciar una serie de poesía internacional en traducción. La abrieron con el libro de un poeta chino, Xi Chuan[4], y con mis Migraciones justamente.

 

Háblamos de Migraciones…

Es el único libro que tengo publicado, es el trabajo de mi vida. Llevo 34 años escribiéndolo, es un poema largo. Jamás me imaginé que iba a ser algo así. Cuando empecé la primera parte de la primera parte de lo que es Migraciones nunca imaginé que iba a escribir un poema largo… No imaginas nada, tú simplemente estás escribiendo y eso es todo. Pero ha sido el trabajo de mi vida y ha sido un proceso de vida.

 

Lo que caracteriza Migraciones es que, frente a las obras acotadas de la mayoría de los autores, ésta es una obra en proceso.

Es un solo poema largo que está dividido en siete partes… y que llevo escribiendo 34 años. Lo empecé muy a finales de agosto y principios de septiembre de 1976.

Llevo cuarenta años de escribir o de tratar de escribir poesía –digo tratando porque con la poesía siempre se está tratando. Por esas fechas empecé a escribir algo que por primera vez sentí que sí era mi voz, que empezaba a tener una voz. Todo lo que escribí antes lo sentía verde, y fueron publicaciones afortunadamente efímeras.

En la fecha que acabo de decir, yo traía unas líneas en mi cabeza desde hacía unas semanas que no parecían tener sentido pero que me atreví a escribir. Y fue como la llave o la puerta, porque a partir de ahí empecé a escribir y a escribir, y fue el inicio de Migraciones. No tiene mucho sentido… ¿qué es eso de las “migraciones de los claveles rojos”? Pero igual lo escribí, y ese fue el inicio.

 

Con los blogs cada vez hay más autores… La obra paralela a la vida. Más del siglo anterior son las obras acotadas que, una vez se editan, dejan de pertenecer a su autor y cobran vida propia.

Nunca imaginé que yo estaba escribiendo en realidad, notoriamente, un solo poema.

Pero hay otros. Por ejemplo, la obra de Saint-John Perse (Amers,Chant pour un équinoxe, Neiges…) es del mismo tono más o menos, pero está separada en libros. La más sorprendida de estar escribiendo este “work in progress” y este largo poema he sido yo, porque con cada una de estas partes me llevó tiempo tiempo darme cuenta de que eran parte de lo mismo.

Cuando digo que es un “work in progress” es porque el poema por lo visto sigue creciendo, le sigo haciendo ajustes, correcciones; otras partes no las he vuelto a tocar. Y no es que yo lo esté revisando constantemente.

 

¿Crees que el poema puede cambiar de forma cronológica, o sólo va a cambiar por el extremo final, con más adendas?

No, no, de esa manera no. El poema más bien crece y al mismo tiempo que crece locondenso, lo aprieto. El poema ni siquiera ha crecido cronológicamente porque para mí las tres primeras partes siguen siendo las tres primeras partes. Por supuesto, sí que ha habido migraciones dentro del poema, frases que migran de un lado a otro, que he movido, a veces de una página a otra página. Las tres primeras partes son las tres primeras partes y las dos últimas también lo son. El poema  ha seguido creciendo de la sexta parte, del medio, casi podría decir que ha crecido “de la panza”, como si “se embarazara”. Es de la panza de donde crece, y ahí es donde hay posibilidades de dar a luz. Porque el final lo tengo y el principio también, ésos no los muevo, eso es algo que sí sé. Lo que no sé es si va a seguir creciendo o si de verdad lo he terminado. Eso no lo sabes nunca.

 

A lo largo de Migraciones da la impresión de que desde el principio hasta las últimas partes va evolucionando la segunda persona, el tú. El yo dialoga con un tú que es un tú externo. Hay un diálogo erótico… hay una dirección hacia el exterior. Progresivamente ese yo se va situando dentro de la voz poética. La voz poética se va desdoblando y dialoga consigo misma.

La voz le está hablando casi todo el tiempo a la madre (o al arquetipo de la madre). Es una voz que le está pidiendo, demandando, exigiendo, rogando… ser escuchada, tener una respuesta, algo. Pero poco a poco la voz se va quedando más sola, más consigo misma.

 

Hay un fragmento en  Septiembre que ilustra esto:

Septiembre tiene un epígrafe que dice así:

 

Dijo el rabino Suzya poco antes de morir: “Cuando esté a las puertas del cielo no me van a preguntar, ¿Por qué no fuiste Moisés? sino ¿Por qué no fuiste Suzya? ¿Por qué no llegaste a ser lo que sólo tú podías llegar a ser?”

(…)

 

Estoy

 

me dejo estar

 

oigo mi respiración

que es también la tuya

 

no sé a quién le hablo

 

el viaje

 

en lo más solo

 

necesita ser

compartido[5]

 

Hace poco acabas de utilizar el verbo “apretar”, que es un verbo que aparece bastante en Migraciones. Siempre que aparece en el texto es sinónimo de silencio, de silenciar…

Siento que estoy tocando el silencio, que cada vez hay más y más silencio… a fin de cuentas ahí vamos a acabar todos, en el silencio absoluto. Cada vez me estoy quedando más en el silencio. Y a mí me gusta estar ahí, en ese espacio del silencio…

 

En la edición mexicana de Migraciones el poema fundacional, que luego ha cambiado de lugar, ha migrado dentro del poema, habla de este silencio y del ruido.

El inicio del poema es ése de “En las migraciones de los claveles rojos”. Lo que pasa es que sentí que, para unir ese fragmento de la primera parte de Shajarit con lo que yo escribí después tenía que poner un preámbulo, como si no me atreviese a entrar directamente al poema. No sé por qué.

 

El poema inaugural de Shajarit, inmediatamente anterior al mencionado de “En las migraciones de los claveles rojos” es el siguiente:

 

El agua en su silencio de raíz

En su oscura lentitud de raíz

Se abre temblando

 

El día se bifurca

Los árboles se llenan de aire y de ruido

El cielo se hunde en la luz

 

Quedan las palabras.[6]

 

En tu obra das cabida a diversas lenguas. Migraciones es un poema mayoritariamente en español pero también incluyes palabras del yiddish, oraciones en hebreo, y también está el inglés, que poco a poco va entrando en el poema hasta el punto de que da título a una de sus partes.

Ciertas cosas sólo se pueden decir en determinado idioma. Por ejemplo, las líneas en hebreo son de algún rezo, siempre las he oído en hebreo, y si las tradujera perderían su fuerza y su sentido. Comencé Threnos la noche del 20 de diciembre de 1999 –tengo muy buena memoria, me acuerdo de fechas con bastante exactitud-, y hasta agosto del 2009, o sea han pasado diez años, y he seguido agregándole versos. A lo largo de los años, como hemos mencionado, he movido palabras y páginas enteras, así que ha habido migraciones dentro de Migraciones.

 

(Abre una separata de una revista en la que ha publicado unas reflexiones sobre su obra. Lee:)

 

… Ese 20 de diciembre de 1999, en el vuelo de París a Nueva Delhi me quedé dormida y soñé que aterrizábamos en un lago cubierto de lotos blancos. Y esa primera noche en la India me despertó el poema y las palabras, para mi sorpresa, venían en inglés. Quise traducirlas, pero en ese pasarlas al español empecé a perder el poema, entonces lo dejé fluir.

Así comenzó Threnos, que en griego es una lamentación:

 

but this is not loneliness

it is not sadness

this flow is pure joy

though joy is always sad at its roots

it is delivered like death without your knowing

it is this not knowing that flows

it enters like a body enters love

with all its flesh

 

 

this breathless beauty[7]


 

A la voz narrativa de Migraciones le caracteriza una forma de mirar que es una especie de transposición de los elementos y de las funciones que estos elementos tienen, es una migración de categorías y conceptos. Por ejemplo, has citado en un poema “like a body enters love”, o cito de otro poema, “El cielo se hunde en la luz”. Y es contraintuitivo.

Es una manera de mirar, de sentir. Escribir poesía o estar en la poesía es una manera de estar en el mundo, es una manera de ver el mundo como lo puede ser si eres médico o un hombre o una mujer de negocios. Hay distintos tipos de inteligencia y distintos modos de percibir la realidad, el mundo. Yo no escribo más que poesía, no sé escribir otra cosa. Por ejemplo, si trato de escribir prosa se me empieza a “apretar”, se me empieza a condensar, de hecho me cuesta trabajo leer novelas a menos que estén escritas con esa tensión que tiene la poesía. Puedo leer cosas de Marguerite Duras, de Marguerite Yourcenar, de Gabriel García Márquez… Es más, me han señalado que a veces construyo mis frases cuando hablo como “raro”…, pongo el verbo lejos de no-sé-dónde…

Es una forma de ver o de sentir… ¿Qué significa estar despierto? Nos pasamos la vida en la vigilia porque luego estamos en un lado, pero en realidad, aunque sí estemos, siempre estamos también en otras partes de nosotros mismos. Siempre está este juego: ¿qué es real? ¿qué no es real?

En uno de los blues hay un monólogo-diálogo de un cuerpo que se mira en la sorpresa  de verse envejecer, en el miedo de verse envejecer.  Luego hay una mención a ese yo que me mira, pero ese yo que no es exactamente yo y no ve a esa mujer gorda y vieja, para decir “Yo sí la veo”… Y los otros, ¿qué ven cuando me ven? Porque una se sorprende: cuando ya no estás joven te queda una imagen de ti que ya no se corresponde con cómo de veras te ves. A veces pasa que te ves frente a un espejo y te sorprendes, “¿Ésa soy yo?” Porque tienes otra imagen de ti.

¿Qué es real?, ¿dónde estamos? No sé… también siento que estamos en un presente perpetuo

 

… el clavel rojo que abre Migraciones…

Estamos todo el tiempo en esta cosa que va a ser. Pero todo ocurre en este instante, así lo siento.

 

A lo largo de tu libro hay permanentes desdoblamientos del yo. Pienso en esa “niña loca” que te mira al principio de Migraciones, o en la mujer joven que tal vez no habría sido tu amiga, o luego en mujeres viejas.

Es que son muchas voces que en realidad son la misma voz. Escribí esa línea de “una niña loca me mira desde adentro. Estoy intacta”, y eso lo escribí en 1976. Han pasado treinta y cuatro años y puedo seguir diciendo que “una niña loca me mira desde adentro” y que “estoy intacta”. Y también en muchas partes de ti estás vieja.

Y también hay partes del libro, en especial en las tres primeras, en las que  me doy cuenta de que quise darles voz a esas mujeres que llegaron desde Europa del Este, de lo que ahora es Ucrania, Polonia… Entre las cuales vinieron la mamá de mi papá, a la que nunca conocí –el no conocerla me permitió inventarla-.

Quise darles voz porque siento que no tuvieron tiempo de hablar de sus sueños, estuvieron muy ocupadas en tratar de sacar adelante a los hijos, al marido, en un país del que lo único que sabían era que estaba en América. Estas mujeres de las que yo hablo, básicamente de esta abuela a quien no conocí, son mujeres jóvenes pero que llegaron con hijos pequeños, con responsabilidades… No estoy hablando de una mujer joven que se va a otro país donde todo es una aventura. Hay una parte de mi libro que también se liga, aquí sí, con estas migraciones reales. Es más, en el siglo XX y en lo que llevamos de este siglo, todo lo que vemos son migraciones. Los mexicanos, los “mojados” que se pasan a EE.UU. Acá [en Suecia] cuánta gente no hay de Pakistán… Vivimos en las migraciones.

 

En Migraciones los colores tienen una función muy importante porque caracterizan estados de ánimo, y sobre todo caracterizan conceptos. Los poquitos conceptos que articulan el poema de forma lógica están unidos a los colores. El amarillo es el color de la vida, y progresivamente hay una transición hacia el blanco, o se lucha contra la transición hacia el neutro, hacia el blanco. Estamos en un país con una luz blanca, aquí en el norte de Europa; supongo que es pertinente de hablar de esto en este lugar.

Soy muy visual, el mundo me entra por los ojos. Estudié Historia del Arte, tengo una licenciatura en Historia del Arte y, aunque no ejercí la carrera, seguramente ésta me dio un background a una serie de inquietudes, o ni siquiera inquietudes… de algo que una trae. Es que siento que las emociones, que los sentimientos, tienen colores. Por ejemplo, yo puedo decir que la tristeza es verde, digo un verde y pensé en un verde como aguacate, un verde feo (risas), un verde que tiene amarillo, que tiene bilis. Sin embargo el color amarillo me encanta, le cabe todo el sol. Me gusta mucho la luz, la luz me importa muchísimo. En ese sentido, aunque Estocolmo me parece una ciudad bellísima, no podría vivir acá, me gusta la luz, me gusta el sol.

Esos dos colores, el blanco y el amarillo a mí me dan mucho a nivel de emociones. Percibo las emociones con colores.

Otro color que me gusta muchísimo-muchísimo justamente es el azul. ¿Por qué tenerle miedo a la melancolía?

 

Al mostrar los versos finales de Migraciones, a Gloria se le quiebra la voz…

Visualmente puedes ver cómo las líneas ya sólo tienen una o dos palabras. Lo que está invadiendo el poema es el silencio…

 

La poeta lee dos poemas de Leteo, voz griega que significa “olvido”, y que también designa al río del inframundo cuyas aguas otorgan el olvido):

 

Como si tuviera nostalgia de lo que estoy siendo

Nostalgia de mí

Como si pudiese comenzar de nuevo

Como si me mudara a otra casa

Como quien repite palabras que son mantras

Que son un monólogo desde ti hacia ti

Como quien oye llover

Como si fuese yo la que ha comenzado a morir y no tú

Como si el miedo y el polvo fuesen uno.[8]

 

 

Las palabras se curvan          se tocan           se oscurecen

Alguien afuera abre una puerta         alguien toca el piano

Las palabras se guardan y se olvidan

No te debo nada

 

Sigo el movimiento del sueño             sus huellas pequeñísimos

Sigo el movimiento del río     su peso            sus partículas             su silencio

sus larvas       sus laberintos             las estrellas que flotan como cáscaras

 

Quedan los frescos

la pared llena de fotografías

la mañana

la espesa         la temida

la mañana para no ser vista              la mañana para llorarme

la larga           la indefinible               la quieta mañana

 

El aire se arquea con el peso de las acacias[9]

 

 

Uno se va a morir a solas      a solas en lo oscuro

lejos de lo que uno fue o creyó ser

 

Uno se muere entre los sentimientos más simples

en la sorpresa enorme de estar muriendo

 

Uno se abre un hueco en la oscuridad y se echa allí como un animal[10]

 

 

 


[1] La entrevista tuvo lugar en Estocolmo (Suecia), en septiembre de 2010, en la casa de Jonas y Maria Modig, los editores de Gloria Gervitz en Suecia. La última edición, bilingüe, de Migraciones es del año 2009, por la editorial sueca Wahlström & Widstrand (http://www.wwd.se/Bocker/Bokpresentationssida/?isbn=9789146220152).

[3] Segundo poema de Shajarit, en Migraciones, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 2002 (2ª edición), página 12.

[4] La obra de Xi Chuan es Ansikte och historia (Rostro e historia), Wahlström & Widstrand, Estocolmo, 2009. Más información en: http://www.wwd.se/Forfattare/Forfattarpresentationssida/?personId=26362

[6] Primer poema de Shajarit, Op. Cit., 2002, página 11. “Shajarit” significa en hebreo“oración de la mañana”.

[7] De TrenoOp. Cit., 2002: 184.

[8] De LeteoOp. Cit., 2002: 100.

[9] De LeteoOp. Cit., 2002: 104.

[10] De LeteoOp. Cit., 2002: 118.

 

Dali on "What's My Line?

El 20 de enero de 1952 la televisión estadounidense emitía el legendario programa “What’s my line?” con el polifacético e irreverente Dalí como invitado.

 

El concurso consistía en que seis concursantes –tres mujeres, tres hombres- con los ojos vendados intentaban identificar al personaje misterioso mediante el mínimo número de preguntas acerca de su actividad profesional, su estilo, su apariencia, su formación… El invitado debía contestar con lacónicos SÍ o NO.

 

Éstas fueron las preguntas a las que aquel día contestó el artista:

 

¿Estás relacionado con el mundo del arte?

 

 

¿Has aparecido en la televisión?

 

 

¿Eres actor o cantante?

 

También

 

¿Te consideras un pionero en tu trabajo?

 

 

¿Gozas del reconocimiento de la crítica especializada?


 

¿Y tus logros, cualesquiera que sea su naturaleza, te han hecho aparecer en las portadas de los periódicos?

 

También

 

¿Has actuado alguna vez en directo?

 

También

 

¿Alguna vez te has atrevido a dejarte grabar con poca ropa?

 

También

 

En tu trabajo, ¿usas lápices u otros instrumentos para escribir?

 

También

 

Entonces, ¿aparte de artista visual también eres escritor?

 

También

 

(En este punto, una de las invitadas exclama:

 

“¡No hay nada que este hombre no haga! ¡Tenemos que averiguar quién es el hombre que es capaz de hacer bien un montón de cosas distintas!

 

A lo que el conductor del programa contesta:

 

“Para hacer honor a la verdad, los talentos de este hombre no se limitan a un solo  campo de trabajo.”

 

¿De veras dominas diversas formas de expresión artística?

 

 

Pero, ¿has publicado libros?

 

 

¿Y diseñas imágenes, cómics, viñetas…?

 

También

 

¿Hay algo raro en ti, que hace que el público se ría cada vez que contestas a nuestras preguntas?

 

 

¿Eres un ser humano?

 

 

¿Es posible que, pese a todo, aún no hayamos discernido el motivo por el que nuestro invitado es famoso?

 

También

 

Me dirigía esta mañana con cierta prisa a mi destino, cuando una fuerza emocional me obligó a frenar mi bicicleta y a bajarme de ella.

Me hallaba casi en la intersección de la F con la Ninth, ante un antiguo templo reconvertido en espacio de alquiler para negocios temporales. El lugar había perdido la solemnidad de la que supongo gozó en sus dos siglos pasados, y ahora era una nave inusitadamente alta, con claraboyas en el techo que dejaban entrar la luz al interior, de manera que se tenía la extraña sensación de habitar un Shangri-La de pesadilla, con los rayos de un sol inclemente rascándote la nuca, envueltos en un frío tumultuoso de aire acondicionado.

Un viejo comerciante exponía allí cuantos objetos había sacado durante décadas de cientos de casas abandonadas por todo el país. Casas de muertos. Todo lo que llenaba el local eran los despojos que habían acompañado las vidas de personas que no dejaron herederos, ni amigos, ni conocidos, ni vecinos que generosamente hubieran querido acoger los restos de sus solitarios naufragios.

Muñecas, cañas de pescar, escritorios, mantelerías, cuadros, joyas, almanaques, sombreros, gramófonos, cuberterías, cofres… retenían las fragancias de sus dueños, al tiempo en que un aire nuevo los oxidaba tras décadas de reclusión; la decrepitud de los cachivaches se aceleraba ante los ojos eternos de quien los observara.

Conforme avanzaba por la estancia, caí en la cuenta de que el motivo real por el que había decidido traspasar aquellas solemnes puertas era que de allí dentro emanaba, confundido con otros olores, algo que olía como un libro de la casa de mi difunta abuela. No se trataba de un olor total, era un vestigio palpitante, un rastro vivo oculto entre notas fantasmales. Y aquel olor, que yo no acertaba a delimitar en sus facetas más exactas, se abría camino hacía el desván de mi memoria del mismo modo que un arpón en busca del corazón de una ballena.

Bajo el fulgor de aquel recuerdo, podía contar mi biografía de otra manera. Yo y la escritura, yo y la lectura, yo y la sala de costura de la casa de mi abuela, que hacía las veces de biblioteca.

Como nadie me leía de pequeña, desde antes de saber leer, intenté hacerlo. Con cuatro años me esforzaba por entender las líneas de los libros, y para ello las leía en voz alta. Pasaba de la incipiente lectura silábica a la enunciación de las frases de seguido, me descifraba el significado de ese grupo de palabras, pero ni con esa táctica lograba encadenar una sola frase que en mi primitiva cabeza reuniera sentido.

Moby Dick, Huckleberry Finn, Fundación, Raíces… Disfrazada con enormes zapatos de raso hechos a la medida de los pies adultos, y con los retales de patrones pespunteados de ropa de sastre, hojeaba los libros que incansablemente sacaba del gran mueble-biblioteca. De vez en cuando, mi abuela se asomaba a la habitación para ver

“¿Qué haces, tan callada?… Luego me pones los libros donde estaban, no lo dejes todo desordenado. Y cuidado con manchar la ropa, que son encargos que ya me han pagado.”

Y yo aprovechaba para pedirle a mi abuela que me leyera las primeras líneas de cualquier historia:

“Es que me las leo en voz alta pero no las entiendo. Si me las lees tú, así puedo saber cómo empieza el cuento y sabré seguir…”

Así fue como mi abuela intervino de manera trascendental en mi vida:

“Estos libros son muy difíciles para ti. Empieza por éste, mira: tiene dibujos y es para niñas. Más adelante podrás leer los demás, pero éste es un comienzo. Ya verás cómo te gusta.”

Y mi primer libro se tituló La dama del cuadro.

Se trataba de un cuento ilustrado cuyas imágenes retrataban un mundo medieval y mítico en el que una bruja comida por la envidia condenaba a una muchacha a existir como obra de arte en el interior de un cuadro. Como era un relato construido sobre símbolos, el amor jugaba un papel esencial, pues desharía el encantamiento cuando alguien encontrara el cuadro y se extasiara ante la belleza que lo había inspirado.

… Al cabo de los años y el olvido, con el castillo que albergaba el cuadro reducido a ruinas, un apuesto príncipe que pasaba por allí se bajó de su caballo movido por la curiosidad; y ante la visión de aquel retrato, enfermó de melancolía por la imposibilidad de sentir como real lo que aquella imagen le hacía anhelar tan dolorosamente.

Y el amor derrumbó el hechizo: en el rostro de la dama vacilaron sus pupilas y sus pies pudieron recorrer el trecho que la había separado de la vida.

De niña, entendí ese cuento. Desde luego, la historia estaba contada de manera mucho más sencilla pero así es como la parafraseo ahora. Lo leí muchas veces en mi larga infancia, reconfortada en entender sus letras, sus frases y sus páginas, acogiendo cada formulación en mi cabeza. Detrás de la palabra FIN imaginaba yo el cuadro, mero paisaje ya vacío, retenido en la pared de la cual se alejaba la dama liberada. Me imaginaba la perplejidad de la bruja: ¿Qué haría ella ahora? ¿Se lanzaría a los bosques en busca de otra dama? Y ¿dónde habitaría la bruja? ¿Dentro o fuera del cuadro?

 

En el almacén luminoso y frío, el olor impreciso de aquel libro de mi abuela era mitigado por olores bastardos, que me impregnaban los sentidos en una confusión desquiciante. De pronto, una mirada directa y sin nostalgia me atrapó y me hizo girar a la derecha.

Contra una pared, sepultadas por una infinidad de marcos, lienzos y mapas, las pupilas de un joven asomaban de un cuadro, en una conexión tan familiar y tan secretamente esperada que parecía la visión, ineludible y aplazada, de un sueño.

No pedí permiso para descubrir aquel retrato y aparté sin cuidado cuantas cosas me estorbaban. Una vez liberado, me planté frente a la mirada de aquel joven y perdí la noción de dónde estaba.

Era tal la verdad de aquellos ojos que busqué la forma de dejarme llenar por la intensidad de la propuesta artística. Los contemplé desde distintos ángulos y aunque la luz era extraordinaria, desde ninguna perspectiva alcancé a captar la verdad que retenían, mi afán era insaciable ante aquella mirada.

Comprendí que debía comprar el cuadro y localicé al comerciante. Me dirigí hasta él.

 

“¿Cojeas?” Me dijo: “Se te acaba de romper un zapato.”

Levanté el pie.

El hechizo Zoe Alameda

“Uy, sí, se me ha estallado.”

“Es extraño.”

“Lo siento. He dejado un rastro de caucho desde donde está del cuadro.”

“Tendré que buscarte unos zapatos.”

“¿Vende zapatos usted?”

No me contestó.

“El caso es que quiero comprar aquel retrato que estaba ahí detrás, escondido.”

“Luego me devuelves todo a su sitio. Has dejado ese rincón desordenado.”

“Ahora lo reordeno.”

“Te puedo llevar el cuadro esta tarde adonde me digas. Voy a ver qué zapatos te puedo dar.”

Mientras le dejaba escrita la dirección de la entrega del cuadro, se esfumó detrás de una cortinilla y me trajo un par de zapatos raros, antiguos y virtualmente nuevos. Eran  exactamente de mi talla.

“Son para ti.”

Y tras devolver a su lugar los lienzos, marcos y mapas que había dejado desparramados, abandoné el lugar y reanudé mi marcha en bicicleta.

 

Ya por la tarde, impaciente, esperaba la llegada del recolector de casas abandonadas. Buscaba el mejor lugar para ubicar el retrato de aquel joven cuya mirada contenía la cifra exacta de mi tristeza y de mi dicha. Pensando en las similitudes entre su rostro y el mío, se me aceleraron las pulsaciones al reparar en que los zapatos que me había regalado el hombre por la mañana eran idénticos a los que llevaba el modelo en el cuadro.

Me asaltó una sensación ambivalente acerca de la coincidencia: ¿me gustaba? ¿me desagradaba? ¿me intimidaba? ¿me asustaba? ¿vivía yo dentro de un hechizo? ¿había entrado, sin saberlo, en él?

 

“¿No lo vas a descubrir?”

El comerciante había tenido la delicadeza de colgar el cuadro y mantenerlo embalado para que fuera yo quien lo destapara.

“¿Sabe? Estoy fascinada con los zapatos que me ha dado esta mañana. Son exactamente iguales a los del joven del cuadro. No sé cómo hasta esta tarde no he me dado cuenta.”

“Sincronías.”

Me dio unas tijeras y se alejó unos pasos para que yo misma liberara el cuadro.

La misma belleza, el mismo anhelo. Una nueva inquietud.

“Pero… No puede ser. Mire:” Señalé: “No puede ser…”

El joven del cuadro ya no llevaba zapatos.

“Esta mañana tenía mis zapatos. Ahora está descalzo. ¿Cómo es posible?”

La dama Zoe Alameda_2

De nuevo, estaba sola.

Y, paso a paso, mis pies recorrieron el trecho que me separaba del cuadro.