Irene Zoe Alameda

Artículos El Cotidiano

  • Viernes, 29 Septiembre, 2017

    En su última película, Darren Aronofsky ha caído en la casi inevitable trampa/tentación que aguarda a los autores verdaderamente innovadores: dejarse arrastrar hasta los confines de su particular universo hasta romper todo vínculo con la comunicabilidad. A partir de esta premisa, es fácil comprender las extremas reacciones de un público bipolar ante la experiencia a la que invita ¡Madre!: una minoría se queda transida, mientras que otra parte sale irritada y haciendo aspavientos de la sala antes de que concluya la proyección. Es como si el director gritara: “¡Pasen y vean cuanto habita en mi psique, y admiren con cuánta fiabilidad transfiero mis emociones a la pantalla!”

     

    Es ¡Madre! un ejercicio cinematográfico virtuoso. Como cineasta, la película me mantuvo anclada a la butaca, superada por la capacidad de Aronofsky de recrear con medios audiovisuales el bucle, espeso, lógico y reiterativo, de sus obsesiones, de ese nudo gordiano sobre el que late su atractiva visión. Como espectadora, admito que el resultado es un auténtico desastre: en el primer tercio del filme vemos cómo la pareja formada por los actores Jennifer Lawrence y Javier Bardem se ve sobrepasada por la llegada de unos extraños visitantes. Esa maravillosa tensión creada en el primer tercio del filme se mantiene a duras penas en el segundo, envuelto en el desconcierto, y se disuelve en demencia en el tercero, cuando la película transita hasta el terreno surrealista y se desmorona en un ataque de diarrea visual. Los últimos treinta minutos son tediosa incontención, subordinada a unas intenciones metafóricas más propias de la poesía que del cine.

     

    No es esta una obra apta para todos los espectadores: habrá quienes la desprecien y quienes la adoren. Al fin y al cabo, ¡Madre! recoge la vivencia psicológica de un genio, Aronofsky, en el punto álgido de su ego, y expresa con detalle y de forma desinhibida cuantas certezas articulan su proceso de la creación. Solo en ese sentido unidireccional la cinta es un milagro. Con un Javier Bardem tan extraordinario que si sitúa ya fuera de los parámetros que bareman a los mejores actores, su encarnación del demiurgo quedará grabada en los anales de la historia del cine.

     

    Faltan las palabras, pues, para describir semejante proeza interpretativa, como apenas las hay para loar los exquisitos personajes encarnados por Ed Harris y Michelle Pfeiffer, capaces de dar vida a la pesadilla del director sin por ello desconectarse de la realidad.

     

    Con ¡Madre!, el director de Réquiem por un sueño, La fuente de la vida, El luchador, Cisne negro y Noé ha asumido un riesgo muy grande en su carrera. Si en un futuro cercano es capaz de regresar a su narrativa, viscosa y magnética, logrará recuperar el favor del público mayoritario, quien perdonará esta “debilidad” de genio. Desgraciadamente, muchos se quedan encallados tras ese salto mortal.

     

    Estamos atentos.

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  • Jueves, 6 Julio, 2017

    Se estrena en España con varios meses de retraso Día de patriotas, del veterano director Peter Berg (Único supervivienteMarea negraHancockLa sombra del reino) también productor de películas tan especiales como Comanchería y de series como The Leftovers. La cinta recoge las 77 horas que mediaron entre los bombardeos del Maratón de Boston y la captura de los terroristas.

    Es esta una película que difícilmente conectará con la audiencia española, ya que tanto su temática como su enfoque hacen lo contrario de lo que suelen las obras más caras de Hollywood: en vez de abrir el conflicto hasta hacerlo trascender a una perspectiva global, lo cierra hasta convertirlo en una oda a la heroicidad y entrega de los humildes habitantes de Boston. Tanto es así, que estrellas de la talla de Mark Wahlberg (actor y productor de la prolífica pareja creativa Berg-Wahlberg), John Goodman, J.K.. Simmons, Michelle Monaghan o Kevin Bacon se mueven por la pantalla bajo la discreta batuta de Berg con tal pericia que el espectador olvida que está viendo una superproducción. En su lugar, se ve imbuido con una nitidez documental en la tragedia vivida entre los días 15 y 19 de abril de 2013.

    Presentados todos los personajes –las víctimas mutiladas, las fuerzas de seguridad y los terroristas- desde las horas previas a las explosiones, el guión consigue hacernos entrar en la rutina de una comunidad cohesionada y optimista en un hermoso día de celebración. Cuando el acto caprichoso y frívolo de los hermanos Tsarnaev introduce una disrupción en la armonía de la pequeña ciudad, todos los habitantes se aprestan a colaborar hasta la eliminación de la amenaza. Los actos de heroicidad se limitan al compromiso de cada ciudadano con hacer lo correcto, anteponiendo el servicio a su comodidad, e incluso a su seguridad. Cada uno hace lo propio hasta el límite de sus posibilidades: el agente de policía Tommy Saunders (Wahlberg), que arrastra su cojera en una jornada en la que debería haber estado de baja, pero cuyo conocimiento de las calles de Boston permite a los detectives aislar el material recogido por las cámaras en un tiempo record para identificar a los criminales; el sargento Jeffrey Pugliese (Simmons), quien arriesga su vida para atrapar a los culpables justo antes de su inminente y merecida jubilación; el estudiante chino Dun Meng (Jimmy O. Yang), que escapa de sus captores y contribuye de forma decisiva a darles caza…

    Día de Patriotas es, por consiguiente, un ejercicio virtuoso sobre todo por lo que evita ser. Voluntariamente localista y consciente de que un atentado de tres víctimas (cuatro si contamos con uno de los terroristas) difícilmente podría erigirse en símbolo, rehúye la tentación de virar hacia el canto gratuitamente nacionalista o el ejercicio lacrimógeno. Coescrita por cinco guionistas y con un presupuesto de 45 millones de dólares, es la prueba palpable de que la industria cinematográfica puede hacer las cosas realmente bien pese a hacerlas a lo grande. En una época en la que se aplaude a las películas cuanto menor haya sido su presupuesto, es innegable que proyectos solventes, ambiciosos y dignos como este no serían posibles sin la fascinante maquinaria hollywoodiense.

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  • Viernes, 23 Junio, 2017

    Con tres semanas de retraso con respecto al estreno mundial llega a las pantallas españolas la segunda película de la directora Patty Jenkins (Monster, 2004), quien ha pasado trece años esperando una nueva oportunidad de demostrar su prodigiosa destreza para crear personajes veraces y profundos, dentro de una narrativa dinámica y adictiva. El guion, firmado por el productor televisivo Allan Heinberg, está erigido sobre una elegante interrelación entre mito e historia, lo que simplifica la diatriba bien-mal sin necesariamente resultar en un argumento ingenuo o estúpido, un peligro en el que han caído algunas cintas de súperhéroes.

     

    Es imposible subestimar la importancia de Wonder Woman dentro de la historia del arte contemporáneo: estamos ante el advenimiento de una nueva etapa en la tan ansiada igualdad de género, siendo el cine hoy en día uno de los medios de mayor impacto en la sociedad. No solo se trata de una historia más (creada en 1941) de la factoría DC Comics llevada a la gran pantalla: se trata del fin del prejuicio que disuadía a las productoras de poner en el centro de las tramas a un personaje femenino, y se trata de la consagración de un nuevo tipo de protagonista –mujer- con luces y sombras, capaz de evolucionar a lo largo de su travesía. Lo que la tetralogía de los Juegos del hambre inició en 2012 lo ha consagrado definitivamente esta película.

     

    El filme cuenta con pasajes rutilantes que se quedan grabados en la retina del público, como los que se desarrollan en la isla de Themyscira. Lo novedoso de la propuesta es que el atractivo, irresistible, de las amazonas reside en su dureza y en su poder, no en su dulzura ni en su vulnerabildad. Robin Wright, en el personaje de Antiope, tía de la princesa Diana, pese a aparecer unos pocos minutos en la pantalla, deja una huella indeleble. Por otra parte, divertida por obvia y también por audaz es la secuencia en la que una Diana Prince / Wonder Woman de incógnito y hasta con gafas–Gal Gadot- camina por el Londres Londres de la II Guerra Mundial junto a Steve Trevor –Chris Pine- y es atacada por unos criminales. La directora consigue emular, invirtiéndola con sutil ironía, la vieja escena de 1978 en la que Superman es atacado junto a Lois Lane en Metropolis.

     

    Wonder Woman es un producto sencillamente perfecto: reúne dosis de humor, acción, romance y suspense. Aunque el diseño de producción no es sobresaliente –a excepción de Themyscira- y a veces pesa demasiado tanta posproducción digital-, la muy trabajada dirección de actores (David Thewlis, Elena Anaya y Dany Huston encarnan magistralmente a los villanos) consigue dotar a la obra del suficiente peso como para que la audiencia atienda a los avatares de los personajes.

     

    No me cabe la menor duda de que en poco tiempo tendremos la siguiente entrega de las aventuras de esta entrañable y admirada heroína. La esperamos con ansia, con la certeza de que su presencia feminista en nuestro mundo, y su influencia en las mentes de nuestras niñas y niños, hará mucho, mucho bien.

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  • Viernes, 2 Junio, 2017

    Hoy se estrena La promesa (2016), el filme financiado enteramente (noventa millones de dólares) por el armenio-norteamericano Kirk Kerkorian, quien desgraciadamente murió un año antes de que concluyera la producción.

     

    La película narra las desventuras de tres personajes durante los últimos días del Imperio Otomano, cuando Mikael, un estudiante de medicina de origen armenio se enamora de Ana, una joven también armenia recién llegada de París, cuya pareja es Chris Myers, un audaz periodista norteamericano.

     

    Como es común en las obras concebidas al servicio de una idea, la película carece de fluidez y de naturalidad. El espectador no deja de ser consciente de estar asistiendo al desarrollo de un didáctico programa de concienciación histórica, en este caso acerca del genocidio armenio perpetrado por los turcos entre los años 1915 y 1917, y en el que fueron masacradas al menos un millón y medio de personas. Los protagonistas están diseñados burdamente; sus caracterizaciones, actos y diálogos supeditados a una función meramente dinámica dentro de la trama.

     

    Los guiones que funcionan suelen emanar de un hallazgo íntimo descubierto por el escritor, quien luego lo deposita sobre un contexto que lo dota de verdad y verosimilitud. El guión de Robin Swicord, reescrito por el director, parece haber sido compuesto como la ilustración de una tesis; pero por muy noble que sea una causa, las buenas intenciones no bastan para incitar emociones en una película.

     

    Es posible que el principal problema de la cinta sea la absoluta falta de química entre la pareja de enamorados compuesta por Oscar Isaac y Charlotte Le Bon. Todo lo conmovedoras que son las escenas entre la actriz francesa y Christian Bale, todo lo vacías de contenido sentimental que están las miradas y los besos entre ella y su amante. Esa falta de conexión entre los intérpretes desapega al espectador de los avatares del triángulo amoroso, despojando con ello al resultado de cualquier impacto emocional.

     

    El otro fallo, grave, de la producción reside en las localizaciones. La pretendida aldea armenia del comienzo está rodada en un coqueto pueblecito español, y hasta se ve la carpintería moderna de aluminio de las ventanas. Para atrezar el interior de las viviendas, el departamento de arte apiló cuantos trastos antiguos encontró a su paso, haciendo evidente lo falso de la situación. No es de extrañar que casi un año después de haber concluido el rodaje, ya en la sala de edición, el director se viera obligado a filmar de nuevo varias secuencias en Nueva York, y es probable que en esos “reshots” tuvieran que insertar una infame pantalla verde donde superpusieron chapuceramente el Bósforo.

     

    Dicho todo esto, merece la pena ir al cine a ver esta película, quien esto escribe es consciente de que su ojo crítico puede llegar a ser muy severo. La entidad del drama humano que representa es tan abrumadora, las actuaciones de Oscar Isaac, Charlotte Le Bon y Christian Bale tan potentes, y la fotografía de Javier Aguirresarobe tan bella (a excepción de la mencionada pantalla verde), que nadie se arrepentirá de invertir en el cine dos horas y cuarto de su tiempo. Lo más importante, es que aprenderá algo que todos los europeos debemos saber.

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  • Miércoles, 31 Mayo, 2017

    Cartel español de la película Norman, dirigida por Joseph Cedar

     

    El próximo viernes día 2 de junio se estrena Norman, subtitulada en español como  “El hombre que lo conseguía todo”, en su versión original “Moderado auge y trágica caída de un conseguidor neoyorquino”.

     

    La cinta narra las humillantes y paradójicas peripecias de Norman Oppenheimer, un pretendido hombre de negocios que logra entablar una relación de amistad con Micha Eshel, un prometedor político que, tres años más tarde, se convierte en el primer ministro de Israel. Con el advenimiento de Eshel al poder, Norman pasa a ser, sin pretenderlo, una figura influyente de la esfera política internacional.

     

    Dejando de lado su reparto de ensueño, tan del gusto del cine underground de la costa Este –Michael Sheen, Lior Ashkenazi, Steve Buscemi, Charlotte Gainsbourg, Dan Stevens, Hank Azaria, Scott Shepherd, Isaach De Bankolé-, el interés de la cinta reside en la filiación artística del enigmático protagonista, pariente cercano del mítico escribiente Bartleby de Melville, o de los personajes de las historias de Franz Kafka, de Saul Bellow y de Isaac Bashevis Singer en el terreno literario; descendiente claro en el celuloide del hilarante e impávido jardinero Mr. Chance de Being There, del simplón y adorable Forrest Gump, o de algunos sujetos de las comedias de Mel Brooks y los hermanos Cohen. No obstante, la incapacidad del personaje interpretado por Richard Gere para invocar simpatía o ternura en el espectador sitúa esta obra en las antípodas de sus referentes.

     

    En efecto, a diferencia de sus predecesoras, esta película fracasa a la hora de despertar interés por los avatares que le sobrevienen al obstinado Norman. Allá donde audiencia empatizaba genuinamente con Mr. Chance en una borrachera de incredulidad, curiosidad y admiración, la audiencia de Norman se aburre como una ostra. El principal motivo de que el filme no funcione no es el actor principal (quien guiado por el director consigue borrar todo rastro de psicologismo en su personaje), sino un guión que flirtea con la comedia sin abordarla y que olvida que, para que las historias resulten atractivas, sus héroes deben exhibir rasgos con los que de un modo u otro los espectadores nos podamos sentir identificados. Es posible que el empeño del director por subrayar las crecientes barreras culturales que separan a los judíos americanos (miembros de la diáspora) de los colonos de la Tierra Prometida le haya llevado a convertir a Norman en el mero arquetipo del amable y desprendido judío errante del folclore semita… y los arquetipos no transmiten emoción.

     

    Precisamente, si acaso, el secreto del éxito de personajes tan extremos e inusitados como Forrest Gump es que todos albergamos una parcela dentro de nosotros que podemos ver retratada en ellos: en la certeza de vivir a merced del destino, de no estar a la altura de las circunstancias, de ser tomados por quienes que no somos, de ser malinterpretados –para bien o para mal-… todos nosotros, al fin y al cabo, nos podemos ver ahí, y la magia de la ficción es que nos invita a transitar por un universo extraño pero verosímil, ya sea un espacio temido, deseado o secretamente invocado por nuestro afán.

     

    Desgraciadamente, el Norman de Joseph Cedar no logra invocar ninguna ensoñación íntima: despojado de biografía y de características propias, sin siquiera ser un fantasma o una máscara, el protagonista está totalmente vacío. Tal es el ahínco con el que el director y guionista construye a un individuo impertérrito y hueco, que no nos deja el más mínimo espacio para nuestra proyección. Así, pasados diez minutos de metraje lento e inhóspito, lo que le ocurre al judío neoyorquino nos importa, literalmente, un pito. Ni siquiera el encuentro de Norman con su doble (en el estrafalario personaje de Hank Azaria) ni la pretendida catarsis final logran borrar de la mente del espectador la certeza de que no ha invertido bien ni las dos últimas horas ni el precio de la entrada.

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  • Viernes, 16 Diciembre, 2016

     

    La nueva película del director británico David Mackenzie es una especie de reverso de No es país para viejos, de los hermanos Cohen. Y, una vez se ha visto Comanchería y se recuerda la otra a la luz del momento político que atravesamos, se comprende cuán odiosas son las comparaciones, en perjuicio en este caso de la obra de los Cohen.

     

    En contraste con los efectos artificiosos de los últimos, Mackenzie amplía la acuarela realista de la América blanca y desintegrada que comenzó Debra Granik en 2010 con su deslumbrante Lazos de sangre (la película que consagró a la joven Jennifer Lawrence). Por su parte, los actores Chris Pine y Ben Foster lo arriesgan todo y se alejan de sus registros habituales para encarnar a los hermanos Tanner de forma portentosa, y lo hacen sin apenas hablar, desplegando su expresión corporal suturada a una cámara y una iluminación croma que parece una segunda piel.

     

    Para Comanchería, Mackenzie ha encontrado en el guión de Taylor Sheridan (Sicario) el vehículo perfecto para recoger el conflicto más incardinado en las clases rurales de Norteamérica: la imposibilidad, tras la crisis de las subprime, no ya de sacar adelante la propia vida, sino de garantizar unas mínimas condiciones de supervivencia y opciones de futuro para los hijos. A la falta de recursos se une la aniquilación de la esperanza en unas sociedades aisladas, estériles y olvidadas por las autoridades estatales y federales. Quien haya viajado por los Estados Unidos saliéndose del circuito de las ciudades más importantes, sabrá que el principal problema del país es su extrema desigualdad, con bolsas de pobreza insalvables.

      

    El título original de la película es Hell or High Water, que viene a significar “pase lo que pase”, o “llueva o truene”…  y expresa la desesperación terminal que puede llevar a alguien como Toby Howard, un granjero de Texas, a asaltar junto a su hermano Tanner los mismos bancos que van a desahuciarle del rancho familiar –en cuyo subsuelo se sospecha hay petróleo-. Mientras llevan a cabo esa forma de justicia poética en medio de un desierto salpicado de pequeños y decadentes núcleos urbanos, el espectador se asoma a las vidas de los forajidos y de sus perseguidores –dos policías interpretados por Jeff Bridges y Gin Birmingham-, hasta un desenlace que recuerda mucho al de la Ilíada, con dos adversarios frente a frente que se reconocen en su pérdida y en su mutua humanidad.

     

    Lo más sobresaliente de esta película es que cada personaje se revela a través de sus relaciones con los otros, de manera que las emociones se nutren de miradas, pausas e introspecciones; en este sentido, el espectador podría ver la película con el sonido “muteado” y no se perdería absolutamente nada. Tal es el logro del tándem Mackenzie-Taylor: escoger algo obvio, analizarlo en toda su complejidad y mostrarlo con unos pocos trazos simples. Y esa es sin duda la marca del buen cine. 

    Comanchería ( Hell or High Water ) - Trailer español

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  • Viernes, 9 Diciembre, 2016

     

    Hasta el último hombre es más una reivindicación de las creencias que un alegato pacifista. Con su característico dominio del ritmo narrativo a hombros del retrato psicológico, Mel Gibson consigue convertir un guión simple y repleto de reiteraciones y lugares comunes en una fábula sobre la rectitud y la humildad.

     

    Basada en la vida del objetor de conciencia Desmond T. Doss, un popular héroe de guerra norteamericano premiado con la medalla de honor, la película narra cómo este se las apañó para, sin empuñar un arma, rescatar a 75 hombres heridos en la batalla de Okinawa (en la colina apodada “Hacksaw Ridge”) tras un ataque infernal que aniquiló casi por completo a su división.

      

    Una vez más, Gibson recurre al sufrimiento humano como camino de la redención a la que todos y cada uno de los personajes aspira. Siendo tan profundamente cristiano como su personaje (Doss era adventista del Séptimo Día), su cinematografía cae en un barroquismo proclive a ensalzar el dolor de la carne, idéntico al ya exhibido en Braveheart y La pasión de Cristo. No obstante, en esta ocasión el contexto en el que tiene lugar la masacre central permite que la acción distraiga en gran medida de las amputaciones, desmembramientos, explosiones y disparos que constituyen la segunda mitad de la película.

     

    La interpretación de todo el reparto es tan extraordinaria que en ocasiones se olvida que se está viendo una película en la que los actores dan vida a una serie de personajes más o menos idealizados. La aproximación de Gibson a la dirección consiste, sin lugar a dudas, en alentar a que cada intérprete desarrolle un abanico expresivo que recoja los trazos maestros que debe exhibir. Cada silencio, cada entonación, cada gesto por nimio que parezca, cada parpadeo incluso está al servicio de la narrativa. Es probable que la experiencia de trabajar bajo las órdenes de este director sea intensa, pero sin duda merece la pena: apuesto a que Andrew Garfield será uno de los nominados a mejor actor en los próximos Oscar.

     

    El resto del elenco es memorable, con la irrefutable y bellísima Teresa Palmer en el papel de la enfermera Dorothy Schutte, la muy amada prometida de Doss y su fuente de energía para sobrevivir; con Vince Vaughn como el sargento Howell, que recorre un apasionante camino desde el prejuicio bestial hacia la rendida admisión del error; o con un Hugo Weaving conmovedor (ojo, otro potencial candidato al Oscar como mejor actor secundario) encarnando al padre de Doss con una actuación compleja, terrible y entrañable.

    Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge) Trailer Español (2016) Andrew Garfield

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  • Viernes, 18 Noviembre, 2016

    Cartel de la película La llegada (2016), de Denis Villeneuve

     

    Se estrena La llegada, la nueva cinta del director Denis Villeneuve (Incendios, Sicario), y con ella da comienzo el desfile de películas que estarán en el selecto club de las nominadas a los Oscar. El guión es una adaptación de la premiada novela corta Story of Your Life (La historia de tu vida) de Ted Chiang.

     

    La llegada reúne de forma soberbia dos narrativas que poco a poco se van alimentando la una a la otra: por un lado, la de la vida íntima de una mujer –encarnada por Amy Adams- que ha perdido a su hija adolescente; por otro, la que recoge la faceta profesional de la doctora Louise Banks, reputada profesora de lingüística a la que el ejército estadounidense recluta para que colabore con una alianza internacional en la traducción del lenguaje de los alienígenas que han llegado a la Tierra.

     

    Se trata este de un filme complejo, pues si bien por un lado su lenguaje audiovisual se acomoda al tempo pausado de la mayúscula tarea intelectual al que se enfrenta la protagonista, por otro se ve salpicado de forma irregular por los recuerdos o ensoñaciones que surgen de una existencia pasada o prospectiva.

     

    A esos dos niveles de conciencia se superpone un contexto muy en línea con la sobrevenida “era Trump”: un mundo encaminado a la autodestrucción de la mano de líderes insensatos que se niegan a tender puentes de comunicación entre sí y con los extraterrestres.

     

    Aunque es esta una “peli de alienígenas, heptápodos que en este caso tienen forma de pulpos gigantes, no es una obra que vaya a gustar a quienes esperen trepidantes sorpresas. Es, por el contrario, una exploración poética de algunas hipótesis de la ciencia especulativa: ¿podríamos entendernos realmente con los extraterrestres? ¿Serían traducibles lenguajes surgidos de inteligencias y planetas dispares, y en estadios de civilización distintos? ¿Qué ocurriría si se añadiera una dimensión temporal no lineal al pensamiento?

     

    El resultado del ”e La llegada de as”compensa de suambicisupuesto y suesuelta.as dispares? ?eden marcar la va confusager en lo que la ciencia espplanteamiento de preguntas tan profundas es esta rara joya. Solo quienes aguanten hasta el final acariciarán la sutil recompensa de su paradójico desenlace. No obstante, vistos el desorbitado presupuesto de La llegada y sus tímidas cifras de recaudación en los EE UU, parece que tanta ambición va a suponer el primer flop del director canadiense.

    LA LLEGADA (ARRIVAL). Tráiler oficial en español HD. Ya en cines.

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  • Jueves, 13 Octubre, 2016

    Cartel de la película Snowden, de Oliver Stone

    Snowden, de Oliver Stone

     

    Aunque Oliver Stone ha rebajado el tono de sus intervenciones en contra de lo que él considera la tiranía del gobierno norteamericano, su activismo sigue intacto en su obra. Con Snowden ha logrado comprimir y presentar la vasta y enmarañada información que rodea el asunto de la vigilancia y el allanamiento de la intimidad por parte de las autoridades.

     

    Para gran decepción de muchos, a la gran mayoría de los estadounidenses les pasaron desapercibidas las revelaciones de Edward Snowden y sus formidables consecuencias en la política de defensa norteamericana. Los hechos -que la sección 215 del Patriot Act otorgaba a la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) poderes absolutos para recopilar emails, llamadas telefónicas y datos acerca de las comunicaciones de los estadounidenses y de algunos ciudadanos y gobiernos extranjeros-, cayeron en la desafección pública en virtud de la propaganda gubernamental lanzada por Obama. Al frente de esa estrategia estuvo la Secretaria de Estado Hillary Clinton, que jugó con acierto a confundir al joven contratista con un traidor, con un hacker que vendía secretos de Estado, e incluso con el líder de Wikileaks.

     

    El resultado de los actos de Snowden es no obstante palpable y heroico: no solo no filtró ni vendió ningún secreto, sino que en 2015, dos años después de demostrar que la NSA estaba jugando a ser el Gran Hermano, logró que el Senado sustituyera el siniestro Patriot Act de Bush por el Freedom Act, que precisamente limita el margen de maniobra de la NSA.

     

    El mismo Snowden, convertido hoy en icono pop sobre todo fuera de las fronteras del país que lo aguarda para llevarlo a juicio por alta traición, admitía en abril del año pasado ante John Oliver que es un reto expresar en pocas palabras un conocimiento sobre la red que requiere años de entrenamiento técnico. Y ahí reside la clave para entender que en los EE UU no haya tenido lugar aún el necesario debate público sobre el dilema “privacidad vs. seguridad”.

     

    Ahora, el director norteamericano estrena Snowden, una película desprovista de artificio protagonizada por Joseph Gordon-Lewitt y Shailene Woodley. A partir de un solvente trabajo de síntesis en el guión, que reúne únicamente los datos esenciales sobre el asunto, Stone consigue una cinta de estilo directo y digerible por el gran público, supeditada al servicio de un mensaje: delegar ciegamente nuestra protección en los políticos conllevará al recorte de nuestras libertades fundamentales.

     

    Ahí donde el oscarizado documental Citizenfour de Laura Poitras caía en la complejidad, la ficción de Stone reúne una selección de motivos escueta y eficaz, como en el pasaje en el que, en virtud de la Library Records Provision, un directivo de la NSA logra reunir secretos clave para la extorsión y su lucro personal. En otra secuencia, un compañero de Snowden activa a distancia el ordenador de una atractiva mujer de Oriente Medio para espiar cómo se desnuda antes de acostarse. No cabe pensar en secuencias más certeras para despertar nuestras conciencias y demostrarnos que terceras personas se han introducido en nuestras vidas con el beneplácito del gobierno estadounidense.

     

    En una sociedad en la que el 46% de la gente ha declarado no estar “nada preocupada” por las estrategias de privacidad en la era “post Snowden”, películas de consumo masivo como esta constituyen un despertador ciudadano que contribuye a la salud del sistema.

     

    Una democracia sana nos exige que conozcamos las leyes y vigilemos a las autoridades. No hacerlo conduce indefectiblemente a la tiranía.

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  • Lunes, 22 Febrero, 2016

    Brooklyn, una de las ocho candidatas al Oscar a la mejor película en este 2016, es una discreta lección de cine. Virtuosa adaptación de la novela de Colm Tóibín, el director, John Crowley, y la actriz, Saoirse Ronan, logran situar al espectador en el punto de vista, las dudas y las expectativas de la protagonista. No estamos acostumbrados a visualizar guiones que nos impelen a comentarlos, a completarlos a través de un diálogo inteligente e íntimo.

     

    Es esta una historia extraordinariamente simple en la superficie y compleja en lo personal: una joven irlandesa logra el apoyo de la Iglesia irlandesa en Nueva York para emigrar a los EE UU en los años cincuenta. La chica, una joven inteligente y sin oportunidades, deja atrás a su querida hermana mayor y a su madre, reciente viuda; su llegada al continente americano no será fácil, sumida en la nostalgia por su tierra natal.

     

    La cinta nos hace acompañar a Eilis Lacey en su progresivo acomodo a su nueva vida en Brooklyn, en la que las oportunidades y la ilusión comienzan a iluminar una trayectoria atractiva y propia. Una tragedia familiar la obligará a regresar temporalmente a Irlanda y, una vez allí, los tentáculos de la familia y la sociedad comenzarán a cernirse sobre ella de forma encantadora y asfixiante a la vez. Su ansiada vuelta a casa no será como ella había proyectado, pues el recuerdo de lo conquistado en América pesará como una opción por la que también desearía decantarse.

     

    La diatriba a la que se enfrenta la protagonista no es en absoluto fácil; la película demuestra que el acto de elegir siempre es una tesitura traumática y nada transparente. Elegir supone desperdiciar una inversión sentimental y temporal a favor de una esperanza, y esa esperanza necesariamente exige confiar en alguien. Elegir es saltar al vacío y arriesgarse a fracasar.

     

    Es raro encontrar guiones tan crudos y a la vez tan humildes. También lo es encontrar a directores capaces de obligar a nuestra percepción a evolucionar conjuntamente con la de los protagonistas. En este sentido, el trabajo de John Crowley y Nick Hornby (guionista adaptador) es simplemente sublime.

     

    Este filme resultará tan luminoso para unos como irritante para otros. Fascinará a quienes se han enfrentado a algún viaje –físico y emocional- y han regresado a su lugar de origen para encontrarse con que ya son alguien distinto, y con la certeza de que hay tantos posibles hogares como espacios en los que reconstruirse la propia identidad. Por otra parte, repugnará a quienes hayan tomado la decisión, aséptica y consciente, de reprimir la tentación de huir de los condicionantes heredados y de soñar con otras vidas posibles. Para éstos últimos, la heroína Eilis será un personaje egoísta y manipulador en vez de tierno y ambicioso. Ambos puntos de vista están presentes en la película, aunque sospecho que el corazón de las productoras, Dwyer y Posey, está en sintonía con la primera interpretación.

     

    “Te sorprenderás pensando en algo o alguien que ya no tiene conexión con el pasado, que es solo tuyo. Y comprenderás que es ahí donde está tu vida”. En este credo, que resume la experiencia inmigratoria sobre la que se ha levantado el país de los Oscars, se condensa la peripecia de esta película.

     

    Brooklyn se estrenará en España el 26 de febrero, dos días antes de la ceremonia de entrega de los premios de la Academia del Cine estadounidense.

    BROOKLYN con Saoirse Ronan - Tráiler Oficial en español [HD]

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